El fin del protestantismo

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El fin del protestantismo, escrito por el autor protestante y antiguo pastor Peter J. Leithart, es el resultado de una serie de ensayos, foros y debates. A pesar de la impresión que uno podría derivar de la primera parte del título o de las críticas que el autor dirige a las iglesias protestantes a lo largo de su libro, Leithart no busca el fin del protestantismo a favor de una rama diferente del cristianismo como el catolicismo romano o la Ortodoxia oriental. Lo que Leithart realmente busca es poner fin a la manera persistente en que las comunidades cristianas se han identificado en contraste con otros creyentes. Al fin y al cabo, el ser protestante significa no ser católico romano. Sin embargo, al ser protestante, Leithart se dirige naturalmente a su propia “tribu”. El libro consiste, por lo tanto, en una exhortación a que las iglesias evangélicas se esfuercen por lograr “una nueva manera de ser la iglesia.” En base a la Escritura y la tradición, las iglesias protestantes deben hacer reformas internas para hacerse más católicas (universales) y, por consiguiente, más evangélicas “porque la catolicidad es parte esencial del evangelio” (págs. 5-6).

Leithart divide su obra en cuatro “movimientos”: (1) Iglesia Unida; (2) Iglesia Dividida; (3) Disolución de la División; y (4) Unidad Renacida. En el primer movimiento, Leithart defiende la idea de que la unidad católica (universal) es parte esencial del evangelio. El Nuevo Testamento deja claro que la unificación de toda la humanidad en la iglesia es el propósito por el cual el Hijo de Dios se hizo humano y envió al Espíritu después de su ascensión. Como el apóstol Pablo enseñó a los corintios, la unidad de la iglesia debe incluir incluso los mismos nombres que los cristianos adoptan. La esperanza escatológica de un solo pueblo bajo un solo Dios llama a la iglesia a esforzarse por una realización cada vez mayor de la unidad en el presente. Los cristianos de todas las tradiciones deben rechazar las escatologías “exageradamente realizadas” que promueven el contentamiento con la situación actual. Leithart ofrece una visión de lo que podría ser una iglesia católica reformada. Una iglesia plenamente reunificada será bíblica, sacramental y metropolitana. Tal iglesia confesará los primeros credos y estudiará las confesiones posteriores—incluso aquellas que se condenan mutuamente—para la instrucción espiritual, reconociendo que “ninguna confesión o credo puede resolver todas las preguntas para siempre … [porque éstos] no pueden sustituir a las Escrituras”. Sin embargo, no habrá lugar para una ortodoxia muerta: en una iglesia plenamente reunificada, “los cristianos creerán todo lo que la Biblia dice, se esforzarán por obedecer todos los mandamientos, confiarán en toda promesa, temblarán ante toda advertencia y cantarán todo himno” (págs. 27-28). Una iglesia plenamente reunificada celebrará la Cena del Señor semanalmente y promoverá reuniones diarias de oración entre sus miembros, quienes orarán llenos de “energía pentecostal”. La iglesia del futuro no ofrecerá oraciones a la Virgen ni venerará íconos, sin que esto signifique que María y los santos serán deshonrados. Una iglesia plenamente reunificada reflejará una unidad organizacional visible en la forma de una comunión local e internacional de los líderes de la iglesia. Las comuniones regionales tendrán un solo representante para fines de conexión. Los pastores del futuro no competirán entre sí por miembros, sino que trabajarán juntos para asegurarse que se mantenga la disciplina de la iglesia. En respuesta a una objeción natural a su visión, Leithart responde: “No estoy hablando de una utopía. Estoy hablando de lo que la iglesia fue durante los primeros siglos, lo que la iglesia occidental fue antes de la Reforma” (pág. 27). Antes de finalizar el primer movimiento, Leithart resalta la necesidad de ponerle fin al protestantismo en el sentido de cumplir su propósito original. Los reformadores no deseaban dividir la iglesia, sino restaurar la pureza de toda la iglesia. Trágicamente, la Reforma dio lugar a un confesionalismo que convirtió a asuntos secundarios en las formas en que los grupos cristianos se definieron unos contra otros. Por lo tanto, las iglesias protestantes necesitan recuperar la visión original del movimiento. Una vez que se cumpla esta visión de unidad, el protestantismo dejará de existir.

En Iglesia Dividida, el segundo movimiento del libro, Leithart reconoce que el surgimiento de las denominaciones fue el medio designado por Dios para lograr mucho bien durante un punto preciso de la historia de la iglesia. Según el autor, el denominacionalismo es “un sistema meta-eclesial para una sociedad religiosa pluralista … El denominacionalismo es la iglesia oficial del pluralismo” (59). El denominacionalismo no es sólo una forma de tolerar, sino también de perpetuar divisiones en la iglesia. El origen del denominacionalismo no es la Reforma Protestante sino la colonización de Norteamérica. El “viejo mundo”—la Europa antigua—no toleraba la diversidad religiosa: las diferentes regiones europeas tenían diferentes versiones del cristianismo, pero cada una de estas regiones imponía su propia versión. El “nuevo mundo”—Norteamérica—no tenía una manera de imponer una sola versión del cristianismo en las diferentes colonias, por lo que las diferentes tradiciones de la iglesia finalmente tuvieron que aprender a convivir las unas con las otras. Inicialmente hubo mucha colaboración entre las diferentes iglesias: diferentes denominaciones se reunían para organizar reuniones comunitarias y programas sociales. A veces el ministro de una denominación era invitado a dirigir la adoración en una congregación de una denominación diferente. Las condiciones en el nuevo mundo produjeron una nueva vitalidad en la iglesia: si los pastores querían recibir un ingreso, ya no podían contar con el apoyo del estado, sino que tenían que trabajar duramente para atraer nuevos miembros y conservar a los antiguos. Además, un “mercado religioso sin reglas” dio pie a mucha creatividad e innovación en el esfuerzo por satisfacer las necesidades de los consumidores. Pero muy aparte de todo el bien que el denominacionalismo puede haber causado, éste debe morir porque “falsifica las verdades cristianas centrales sobre la iglesia y sus miembros” (pág. 71): el denominacionalismo norteamericano presenta a la división eclesial como algo normal. Al prohibir la participación en la Cena del Señor a cristianos de diferentes creencias, las iglesias en efecto añaden al evangelio: “No basta con que alguien confiese que Jesús es el Señor y viva la vida de un discípulo; si no fue bautizado por inmersión, o si no afirma una visión luterana de la presencia real, o si no reconoce al obispo de Roma como la cabeza de la iglesia, no puede estar en comunión. Lo que nos une en comunidad ya no es lo que tenemos en común con otros creyentes, sino lo que confesamos en contra de otros” (pág. 77). Estas divisiones hacen que la denuncia de la herejía sea una tarea imposible. Además, impulsado por una mentalidad de mercado, el denominacionalismo estadounidense se enfoca en satisfacer los deseos de los clientes en lugar de hacer un llamado desafiante y profético. Al depender del número de miembros de la iglesia para su sustento, los pastores tienen miedo de demandar un compromiso serio y un sacrificio real. Uno de los resultados es que las iglesias simplemente reflejan las divisiones étnicas y sociales de su contexto. De esa forma, el denominacionalismo norteamericano mantiene el statu quo y “nos convierte a todos en cobardes” (pág. 86).

Antes del tercer movimiento, Leithart ofrece un “intermezzo”, y arguye que la actividad redentora de Dios en la historia sigue un patrón claro de creación, corrupción y nueva creación. Este patrón es evidente en la historia de la creación, en la rebelión de Babel, en el éxodo de Israel de Egipto, en la escabrosa historia del pueblo de Israel y en la propia historia de la iglesia. A través de estas diferentes etapas, “Dios llama a su pueblo a dejar atrás sus nombres viejos, a morir a viejas rutinas y formas de vida, incluyendo las formas que Dios mismo había establecido”. La Reforma fue un paso necesario en este proceso, pero no fue el objetivo. El estado de división presente de la iglesia no puede ser permanente. La iglesia del futuro será diferente y mejor.

En el tercer movimiento, Disolución de la División, Leithart describe los cambios recientes en el panorama del cristianismo global que ofrecen la oportunidad de superar viejas divisiones. Leithart considera los casos de las iglesias africanas independientes, las iglesias de Aladura en Nigeria y el sorprendente crecimiento del cristianismo en China, y concluye que estos movimientos no pueden clasificarse dentro del modelo clásico de tres opciones eclesiales—catolicismo romano, protestantismo u ortodoxia Oriental. Según Leithart, el pentecostalismo ha desafiado este modelo triádico del cristianismo desde sus comienzos al ofrecer una nueva síntesis de la fe cristiana. Además, las iglesias pentecostales tienden a incluir mayor diversidad de razas. A medida que las viejas fronteras entre iglesias son reevaluadas, estas comunidades tienen la oportunidad de redescubrir su unidad subyacente. De hecho, instituciones antiguas como la Iglesia Católica Romana han experimentado cambios considerables: la Iglesia Católica de hoy no es la Iglesia Católica de la Contrarreforma. Desde el Vaticano II, la Iglesia Católica ha eliminado su anatema contra el obispo de Constantinopla del 1054, y ha logrado un diálogo importante con las iglesias protestantes. En cuanto a las iglesias norteamericanas, éstas tienen una oportunidad especial para superar viejas divisiones con la ayuda de inmigrantes no europeos. El panorama denominacional inicial en Norteamérica fue determinado por los debates religiosos que se libraban en Europa. A medida que un mayor número de inmigrantes no europeos se unen a las iglesias norteamericanas, estos inmigrantes podrían ayudar a reevaluar los viejos debates con nuevos ojos y ofrecer maneras nuevas de superar las viejas divisiones. Además, en virtud de su experiencia internacional, un inmigrante está mejor preparado para escapar la trampa de la “religión civil norteamericana”, es decir, el denominacionalismo. Las viejas lealtades se están disipando: las iglesias están llenas de cristianos que dejaron una denominación por otra. Las iglesias norteamericanas son cada vez menos denominacionales. Además, temas sociales polémicos como el aborto y la sodomía crean divisiones dentro de las denominaciones y obligan a los cristianos de pensamiento afín a colaborar con miembros de diferentes denominaciones. En cierto modo, los retos del siglo XXI están imponiendo el ecumenismo en las iglesias. Estas circunstancias manifiestan dos perspectivas contrarias sobre el modo de vida norteamericano: para algunos, la preservación de las tradiciones norteamericanas es esencial; para otros, la libertad y los cambios sociales que ésta conlleva de manera inevitable son el rasgo norteamericano más importante. Leithart espera que la desaparición de una mente común sobre el modo de vida norteamericano conlleve al fin del denominacionalismo.

En el cuarto y último movimiento, Unidad Renacida, Leithart propone una serie de pasos concretos hacia su visión de un catolicismo reformado, pero primero reconoce que la reunión será un regalo de Dios. El modelo federativo que Leithart presenta es un paso adelante, pero no es el cumplimiento de una reconciliación completa, la cual demandaría unidad de “fe, sacramentos, ministerio y misión.” Como el “ecumenismo espiritual” de Walter Kasper sugiere, lo primero que las iglesias deben hacer es unirse a la oración de Jesús por la unidad. El paradigma de Paul Murray ofrece el siguiente ingrediente esencial: la receptividad. “Toda tradición cristiana se distorsiona en la medida en que carece o se excluye de los dones que otras tradiciones tienen. Toda tradición cristiana debe estar dispuesta tanto a recibir como a dar” (pág. 167). Además, los creyentes interesados en la unidad deben rechazar la idea de que el problema será resuelto cambiando de denominación: “ningún cristiano tiene que dejar su congregación para convertirse en miembro pleno de la iglesia que es una, santa, católica y apostólica, a pesar de que los católicos (y los ortodoxos) afirmen lo contrario” (pág. 172). Los maestros deben dejar de distorsionar las creencias de sus oponentes teológicos, y reconocer los defectos de sus propios sistemas. El diálogo teológico no debe ignorar las diferencias, sino que debe tratar de encontrar puntos de acuerdo. Las consultas entre denominaciones serían ideales. Los pastores desempeñan un papel más importante que los teólogos en el proyecto ecuménico, ya que la reunión sólo se hará real a nivel local. Los pastores necesitan recuperar la hermenéutica que reinaba antes de la Reforma, especialmente la llamada “cuadriga” medieval, para juntar aspectos históricos y espirituales del texto bíblico. Los predicadores también deben enfatizar el llamado del Nuevo Testamento a la unidad. Además, la celebración semanal de la Cena del Señor, el sacramento de la unidad de los cristianos, es especialmente importante. Las iglesias deben tener cuidado de no admitir en la mesa a las personas que han sido excomulgadas por otra congregación. Por otro lado, ninguna iglesia debe prohibir la participación de un miembro de otra comunidad por diferencias teológicas acerca del significado de la Cena. Tal prohibición negaría el significado del sacramento. Los pastores también deben tratar de desarrollar relaciones enriquecedoras con colegas de diferentes denominaciones, especialmente cuando éstos vienen de diferentes orígenes étnicos. Pastores de la misma ciudad podrían desarrollar una confesión común. Líderes de diferentes denominaciones también podrían participar en sus respectivos cultos de ordenación y cooperar en proyectos para servir a la comunidad. Finalmente, los pastores deben animar a los miembros de sus congregaciones a involucrarse en todos estos esfuerzos.

El fin del protestantismo es una exhortación muy desafiante que demanda que las denominaciones y congregaciones evangélicas evalúen sus ideas sobre lo que significa ser parte de la iglesia de Cristo. Como tal, este libro podría convertirse en un medio eficaz para lograr una mayor unidad entre las iglesias norteamericanas. Debido a la naturaleza de esta obra, el utopismo es su crítica más natural, aunque uno podría plantear diferentes preguntas como si la iglesia primitiva realmente experimentó la clase de unidad que Leithart busca. ¿Es la visión de Leithart realmente posible? Ningún creyente puede oponerse al argumento de que la iglesia experimentará la unidad porque el Señor Jesús oró por ella. Si creemos que el Padre siempre oye al Hijo (Juan 11:42), debemos concluir que, de un modo u otro, la unidad se realizará. Sin embargo, incluso si concedemos esto, la pregunta que surge es: ¿Qué clase de unidad pidió Jesús? Leithart propone un tipo particular de unidad, una especie de “penetración eclesial mutua” que demanda una reunión completa de las iglesias. Pero dado que su audiencia principal son las iglesias evangélicas, parece que Leithart debería haber desarrollado más las carencias de los modelos evangélicos alternativos que ven la unidad por la que Jesús oró, no como algo que todavía necesita cumplirse, sino como una realidad espiritual que ya existe. Hasta que las iglesias estén convencidas de la incongruencia entre las relaciones interdenominacionales actuales y el mandato del Señor, no se puede esperar que hagan cambios significativos. En conexión a la crítica de utopismo y a la audiencia del libro, otro punto débil en el argumento de Leithart es que parece pedir mucho en poco tiempo. En otras palabras, en lugar de exhortar a los evangélicos a buscar la reunión con los católicos romanos, Leithart debería haberse enfocado en exhortar a los evangélicos a lograr entre ellos mismos la unidad protestante que nunca se ha materializado. Ahora bien, como señala Leithart, las “guerras culturales” están dividiendo las denominaciones al poner a los conservadores contra los liberales y obligándolos a cruzar líneas confesionales para hacer alianzas previamente improbables. Sin embargo, si los evangélicos no pueden unirse entre sí, ¿podemos realmente esperar que se unan con Roma? A pesar de estas posibles carencias, El fin del protestantismo es una poderosa exhortación a las iglesias evangélicas a evaluar sus esfuerzos en la tarea de la unidad cristiana.

 

Puedes adquirir una versión digital del libro El fin del protestantismo en su idioma original (inglés) en esta página.


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