¿Qué hay de malo con creer que la lectura personal de la Biblia nos brinda toda la instrucción espiritual que necesitamos?

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Sermón basado en Efesios 4:11-16, dado en la iglesia Jesucristo Señor de la Molina, en Lima, Perú, el domingo 2 de agosto del 2015.

¡En un abrir y cerrar de ojos ya pasó el primer año de mis estudios! Ya completé un cuarto de todo el trabajo que necesito hacer para obtener mi doctorado y poder regresar a seguir sirviendo entre ustedes. Como algunos de ustedes saben, mi área de estudio es la teología histórica. Eso quiere decir que estudio la forma en que la doctrina cristiana se ha desarrollado a través de la historia de la iglesia. Específicamente, quiero enfocarme en los padres de la iglesia, es decir, los líderes eclesiásticos de los primeros siglos que dieron voz a las expresiones clásicas de la fe cristiana. Una de las razones por las cuales me decidí a estudiar este campo es que la historia de la iglesia es una de las cosas que más ignoraba al empezar mis estudios en el seminario. Ya sea como un niño católico romano o como un joven adulto evangélico, nunca aprendí mucho de la historia de la iglesia ni de los padres de la iglesia en las congregaciones a las que pertenecía. Sospecho que mi caso no es la excepción sino la norma entre los cristianos.

Una de las razones por las cuales desconocemos estas cosas es que muchos evangélicos consideramos que no necesitamos conocer la tradición doctrinal de la iglesia. Uno de los lemas de muchas iglesias evangélicas es que lo único que necesitamos para conocer la voluntad de Dios perfectamente es leer la Biblia. Por lo tanto, se deduce que no necesitamos saber lo que los cristianos han creído y enseñado a través de la historia de la iglesia. “El único maestro espiritual a quien necesito escuchar es el Espíritu Santo y el único texto doctrinal que necesito leer es la Biblia”. Eso suena muy bonito, pero, como veremos a continuación, tal pensamiento está lleno de errores, y a la larga nos robará de una abundancia de riquezas doctrinales y espirituales que tenemos a nuestra disposición.

Hay un dicho muy famoso que se atribuye comúnmente al naturalista italiano del siglo 19 Antonio Raimondi. Según el dicho, “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. Me imagino que una de las razones por las cuales ya no se escucha tanto este dicho es el crecimiento económico del país en los últimos años. De todas formas, en los tiempos menos prósperos cuando mi familia fue forzada a emigrar, ese dicho se escuchaba mucho. La idea del dicho es que el Perú era pobre sin tener que serlo. Perú era pobre a pesar de tener los recursos necesarios para ser rico. El problema principal del Perú era que no sabía explotar el enorme potencial económico a su disposición. Creo que de cierta manera podríamos decir que muchos cristianos evangélicos somos mendigos espirituales sentados en un banco de oro doctrinal. Muchos de nosotros estamos espiritualmente raquíticos a pesar de que tenemos todo un banquete espiritual servido en la tradición doctrinal de la iglesia que simplemente no sabemos aprovechar. No quiero que sean mendigos, hermanos. No quiero que estén raquíticos. Es por eso que en esta tarde quiero llamar su atención al banco de oro y al delicioso banquete de la tradición doctrinal de la iglesia.

Con ese fin, vamos a estudiar el texto de Efesios 4:11-16. Mientras buscan el pasaje en sus Biblias, permítanme establecer el contexto. El apóstol Pablo escribe la carta a los efesios desde su aprisionamiento en Roma alrededor del año 62. La epístola parece haber sido escrita como una carta circular ya que no identifica a nadie en particular en una iglesia en la que Pablo sirvió cerca de tres años. En el capítulo 1, Pablo presenta el propósito redentor y reconciliador de Dios en Cristo para toda la creación. En el capítulo 2, el “apóstol de los gentiles” resalta la gracia de Dios en la salvación y transformación espiritual de los pecadores en una nueva comunidad. En el capítulo 3, Pablo ora por la iglesia, para que crezca en fe y entendimiento espiritual. En el capítulo 4, el apóstol exhorta a los cristianos a una conducta congruente con su profesión de fe con un énfasis en la unidad. Es así que llegamos a nuestro texto. Le leeremos desde el versículo 1:

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. (RV60)

Vamos a ver tres cosas en este mensaje. Todas estas empiezan con la letra d para facilitar su memorización. Vamos a ver un don, un destino y un deber. Empecemos con la primera d, el don del magisterio.

Al escuchar la palabra magisterio, muchos de nosotros inmediatamente pensamos en el papa y sus obispos, pero en este momento no estamos hablando de ellos en particular. La razón por la que ellos son llamados el magisterio es porque la palabra magisterio significa, entre otras cosas, “conjunto de maestros”. Cualquier escuela tiene un magisterio. Cualquier iglesia tiene un magisterio —sea católica romana o no. El magisterio de esta congregación está compuesto por los pastores Francisco y Nelson y los presbíteros Jossian y Roger. La iglesia tiene un magisterio y lo que el texto bíblico de hoy nos enseña es que ese magisterio es un don de Dios.

El v.11 nos da una lista de ministerios en la iglesia, y lo que todos esos ministerios tienen en común es que todos ellos están orientados a la enseñanza. Es por eso que la llamo una lista magistral. El v.11 nos dice que el Señor Jesús constituyó a algunos miembros de la iglesia como apóstoles. La palabra apóstol significa algo así como mensajero o delegado. Los apóstoles de Cristo fueron elegidos personalmente por Cristo, y lo representaban con una autoridad extraordinaria y única. Es por eso que los apóstoles encabezan esta lista. Ellos son los miembros más fundamentales de la iglesia porque esta se construye sobre su testimonio. Contrario a lo que algunas personas quieran argumentar, hoy en día no hay apóstoles en el sentido en que Pedro o Pablo eran apóstoles. Pero Cristo no sólo nos dio apóstoles: el v.11 también dice que nos dio profetas. Como ustedes saben, los profetas son personas que recibían mensajes especiales de Dios de manera extraordinaria para comunicar a su pueblo. Muchas veces estos profetas vaticinaban eventos, y de hecho, la prueba de la autenticidad de su llamado se veía en que estos eventos se cumplían tal cual. Pero al igual que los apóstoles, los profetas también le enseñaban al pueblo de Dios, y es por eso que están en esta lista. Muchos hermanos creen que Dios continua repartiendo el don de profecía en la iglesia. De cualquier forma, Cristo no sólo nos dio apóstoles y profetas: él también nos dio evangelistas. Los evangelistas son aquellos que predican el evangelio—ya sea a incrédulos para que se conviertan o a creyentes para que crezcan en la fe. Felipe, el diácono de Hechos, y Timoteo, la mano derecha de Pablo, ambos son identificados como evangelistas. El último ministerio en la lista es diferente porque se usan dos palabras para describirlo: pastores y maestros. Entendemos que las dos palabras se refieren al mismo grupo de personas porque, a diferencia de los otros ministerios en la lista, el texto griego original utiliza un solo artículo para los dos sustantivos. Los pastores-maestros son los líderes eclesiásticos —llámense ancianos, presbíteros u obispos dependiendo de la tradición dada— encargados de instruir doctrinalmente a la congregación. En ese sentido, los pastores-maestros de esta congregación son los pastores Francisco y Nelson y los presbíteros Jossian y Roger. Y lo que dice la Escritura es que todos estos —los apóstoles, los profetas, los evangelistas y los pastores-maestros— son un don divino. Los pastores Francisco y Nelson y los presbíteros Jossian y Roger son un regalo de Dios para ustedes. Cuando el v.8 dice que Cristo “dio dones a los hombres,” esos dones se refieren a los ministros enumerados en el v.11. El magisterio de la iglesia es un don de Dios para su pueblo.

Lo que quiero que noten es que la lista no termina con los profetas. Los apóstoles y los profetas, quienes escribieron la Biblia, no son los únicos regalos que Dios ha dado a la iglesia. Resalto esto debido al modo de pensar que mencioné en la introducción. La persona que piensa que la única doctrina que necesita es lo que lee en la Biblia tiene que explicar por qué entonces Dios no solamente dio apóstoles y profetas que escribieran la Biblia sino también evangelistas y pastores-maestros que predicaran y explicaran lo que se lee en la Biblia. Si Dios nos da evangelistas y pastores-maestros, entonces debe ser que necesitamos evangelistas y pastores-maestros en la iglesia.

Les voy a hacer una confesión. No me gusta comprar regalos que tenga que elegir. No es que no me guste comprar regalos. Lo que no me gusta es comprar regalos que yo tenga que elegir. Si de una u otra forma me he enterado de lo que quieres o necesitas que te regale, entonces me es muy fácil comprar el regalo. Sé lo que necesitas así que fácilmente voy a la tienda, y compro tu regalo. El problema es cuando no sé lo que necesitas porque en ese caso me puedo pasar mucho tiempo tratando de escoger uno. Y lo peor de todo es que ni siquiera sé si te va a gustar, o lo vas a usar. Pero vuelvo al problema: no sé lo que necesitas. Si supiera lo que necesitas, entonces te conseguiría eso sin titubear y tendría la seguridad de que fue un buen regalo porque era lo que necesitabas. Yo no soy un buen seleccionador de regalos. ¿Pero saben quien es un seleccionador de regalos perfecto? Dios. Dios es un seleccionador de regalos perfecto porque Él conoce perfectamente lo que necesitas. Si Dios nos da un regalo podemos estar seguros que es un buen regalo, un regalo que necesitamos, porque Dios conoce perfectamente nuestras necesidades, aun mejor que nosotros mismos. Dios nos ha dado el regalo del magisterio de la iglesia. Y el magisterio de la iglesia es un buen regalo, un regalo que necesitamos. Podemos ver cuánto necesitamos de este regalo al considerar la siguiente parte del sermón, el destino del magisterio.

Pero antes de considerar el destino del magisterio, quiero responder a una objeción que se puede levantar al punto que acabo de hacer sobre la necesidad de maestros que tenemos en la iglesia. Alguien podría objetar diciendo, pero ¿qué de 1 Juan 2:27? El texto de 1 Juan 2:27 dice, “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”. ¿No quiere decir eso acaso que los creyentes no necesitan maestros sino sólo la unción del Espíritu Santo? Obviamente, el Apóstol Juan no puede querer decir eso porque él mismo les está enseñando al escribirles la epístola. Si realmente no hubieran necesitado que nadie les enseñe nada, entonces ¿para qué escribirles? Claramente, los cristianos que recibieron esta carta sí necesitaban la instrucción apostólica, y por eso Cristo estableció apóstoles, y por eso el Apóstol Juan les escribió. Además de eso, Juan no puede haber querido decir que todo lo que necesitaban eran el Espíritu y sus Biblias porque ninguna persona tenía una Biblia en su casa. Si alguien quería saber lo que Juan había escrito, tal persona necesitaba venir a la iglesia para escuchar la lectura del texto y su explicación por el pastor-maestro. Pero entonces, ¿qué quiere decir 1 Juan 2:27? En el contexto, Juan está hablando de falsos maestros que salieron de la iglesia y estaban esparciendo herejías destructivas. El punto de Juan parece ser que los creyentes que se mantuvieron fieles no necesitaban que nadie les convenciera de que la doctrina que los apóstoles les enseñaron originalmente era correcta y las nuevas herejías eran erróneas porque el Espíritu Santo que recibieron junto con la doctrina de los apóstoles los convencía de su veracidad. Por lo tanto, en lugar de contradecir lo que digo, este pasaje lo confirma: los creyentes necesitamos el don que Cristo nos ha dado en el magisterio de la iglesia. Y cómo dijimos antes, la necesidad de este don se hace más clara cuando consideramos el destino o propósito por el cual Cristo lo dio. Esta es la segunda d de nuestro mensaje: el destino del magisterio.

El v.12 nos presenta el primero de tres propósitos divinos para el don del magisterio de la iglesia. El versículo dice “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” La idea es que Cristo ha dado a la iglesia el magisterio para que, mediante la instrucción doctrinal, los creyentes puedan tener lo que necesitan para servirse mutuamente. La palabra “ministerio” significa servicio. En un sentido, todos los creyentes que sirven son ministros de Dios. Está claro que el ministerio y la edificación que Pablo tiene en mente incluyen la actividad de todos los creyentes por lo que dice el v.16: “según la actividad propia de cada miembro, (el cuerpo) recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. La iglesia crece en todo el sentido de palabra —tanto espiritual como numéricamente— cuando todos los miembros de la iglesia ponen manos a la obra. Pero estamos viendo que los miembros no pueden poner manos a la obra hasta que reciban la instrucción doctrinal necesaria de parte del magisterio de la iglesia. Esa es la primera razón por la que necesitamos al magisterio.

Pero fíjense lo que dice el v.12: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Las palabras “perfecto” y “plenitud” hacen referencia a una madurez espiritual que explicaremos en el siguiente punto. En este momento me quiero enfocar en las palabras “hasta” y “todos.” “Hasta” indica un proceso largo que empieza cuando Cristo da a los apóstoles a la iglesia, y termina cuando esta madurez es alcanzada por “todos”. Está claro que el “todos” incluye a Pablo porque luego escribe “lleguemos”. Pablo parece estar pensando en la totalidad de la iglesia —no sólo en la iglesia de Éfeso ni en la iglesia de Roma, sino en la iglesia católica en el sentido de la iglesia universal, la iglesia completa. Cristo ha estado dando a toda la iglesia desde el momento de su ascensión pastores maestros para que toda la iglesia alcance madurez de fe y conocimiento espiritual en Cristo. La iglesia de Cristo no empezó cuando nuestra pequeña congregación fue fundada hace unos años. Los pastores Francisco y Nelson no son los primeros pastores-maestros que Cristo ha dado a la iglesia. De hecho, la iglesia tampoco empezó cuando Lutero clavó sus tesis en el castillo de Wittenberg. Los reformadores tampoco fueron los primeros maestros que Cristo dio a su iglesia. Cristo empezó a dar maestros a su iglesia como tal desde el tiempo de los apóstoles. La iglesia cristiana tiene una historia de dos mil años de instrucción doctrinal dada como regalo de Dios para toda iglesia. Los cristianos que ignoran esto y quieren empezar su doctrina desde cero pretendiendo reinventar la rueda no sólo se exponen al error doctrinal al ignorar la asistencia de Dios en el regalo del magisterio, sino que desperdician un tesoro espiritual incalculable. Hermanos, no nos podemos dar el lujo de ignorar la tradición doctrinal de la iglesia. Los cristianos que hacemos eso nos convertimos en nada menos que mendigos espirituales sentados en un banco de oro doctrinal.

Pero sigamos examinando los propósitos de Dios para el regalo del magisterio. Es hora de ver los términos que dejamos sin considerar hace unos segundos: “perfecto” y “plenitud”. La idea es que Cristo regala a su iglesia el magisterio para que la iglesia llegue a ser todo lo que puede ser, para que alcance su potencial en Cristo. En pocas palabras, para que todos en la iglesia alcancen madurez espiritual. Y la manera en que esta madurez se expresa es en la estabilidad doctrinal. Fíjense lo que dice el v.14: “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error”.

Como saben, estaré celebrando mi boda religiosa con Abi muy pronto. Una de las cosas que he aprendido en este proceso de enamoramiento y compromiso es que fui muy inmaduro en relaciones anteriores. Empezaba una relación con una muchacha, me emocionaba mucho al comienzo, pero tan pronto mis sentimientos empezaban a cambiar, perdía el interés en la otra persona y la relación se terminaba. En ese tiempo yo me comportaba como un “niño fluctuante, llevado por doquiera de toda emoción”. En esas experiencias actuaba como si no supiera lo que quería. No me controlaban mis convicciones sino mis emociones. Muchos cristianos nos comportamos de manera similar. Somos “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”. Actuamos como si no tuviéramos convicciones doctrinales y cambiamos de parecer tan pronto surge una nueva enseñanza. Yo he sido miembro de iglesias que se han dividido porque después de algunos años el pastor empezó a enseñar cosas nuevas o diferentes a las que enseñaba antes. En muchos de estos casos, estos pastores cambiaron de parecer porque no conocían la tradición doctrinal de la iglesia. Y si ese es el caso de los pastores, imagínense la situación de las ovejas. Pero justamente para evitar eso es que Cristo ha dado a la iglesia el magisterio. No para que un pastorcito trabaje solo sin saber lo que el resto de la iglesia ha defendido a través de su rica historia, sino para que todo el magisterio de la iglesia trabaje junto —el magisterio actual apoyándose del magisterio pasado— para ayudar a todos los creyentes a alcanzar la madurez y estabilidad doctrinal deseada.

El tercer y último destino o propósito divino para el magisterio de la iglesia es el crecimiento espiritual activo de todos sus miembros orientado a Cristo. Miren lo que dicen los vv.15-16: “sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. La idea es similar a la del v.12. Allí se habla de edificación; aquí, de crecimiento. La manera en que alcanzamos este crecimiento es “siguiendo la verdad”. La palabra griega es difícil de entender. La NVI la traduce como “vivir la verdad”. Lo que sí está claro es que la verdad juega un rol vital en el crecimiento de la iglesia, y allí es donde entra el ministerio del magisterio, el cual es enseñar la verdad del evangelio. Pero este no es un aprendizaje pasivo sino activo. La verdad se “sigue” (RV) o se “vive” (NVI) “en amor”. La misma frase se repite al final del v.16. El verdadero crecimiento aplica lo que aprende “en amor” al prójimo. Sabemos que cuando la Biblia habla del amor, no se limita a un sentimiento bonito, sino que abarca la acción, el servicio, el sacrifico. Esto se vuelve a conectar al primer propósito: equipar a los santos para servir es paralelo a ayudarles a crecer en amor. Pero lo que estos últimos versículos añaden es que el crecimiento tiene que ser orientado a Cristo: crecemos  “en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”. Cristo y su evangelio es la verdad que debemos seguir. Cristo y su evangelio de amor es el contenido central de la enseñanza del magisterio de la iglesia a través de toda su historia. Cuando quitamos nuestra mirada del evangelio de Cristo es que somos arrastrados como “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”. Pero cuando nos enfocamos en el evangelio de Cristo y meditamos en él con la ayuda de la tradición doctrinal de la iglesia, los creyentes crecen juntos por el obrar del Espíritu de Cristo, toda la iglesia alcanza su potencial y el propósito del magisterio es cumplido.

Dijimos hace un momento que Dios es el seleccionador de regalos perfecto porque él siempre nos da lo que necesitamos. Está claro que el magisterio de la iglesia es uno de esos regalos. Ya hemos visto sus beneficios: equipamiento de los miembros de la iglesia para servicio mutuo, madurez general y crecimiento activo orientado a Cristo. El magisterio de la iglesia es un don que necesitamos. ¿Qué pensarían de una persona que ha recibido un regalo que necesita desesperadamente, pero simplemente no lo usa? ¿No pensaríamos acaso que esa persona no es muy inteligente? Pero saben, en nuestro caso, si no aprovechamos el don divino del magisterio de la iglesia, no sólo estamos siendo unos insensatos, sino que también estamos pecando contra Dios altísimo. La razón de esto es que, en el caso del don del magisterio, la Escritura no sólo nos dice que Dios nos ha dado un regalo maravilloso sino también que Él tiene unos objetivos concretos para el ejercicio de este don. En otras palabras, el don y el destino del magisterio crean un deber hacia el magisterio. Esta es la última d de nuestro mensaje: el deber hacia el magisterio.

La primera pregunta que se nos ocurre al respecto es, ¿estás cumpliendo tu destino, magisterio? Esta pregunta está orientada a los pastores-maestros de la iglesia. Hemos visto que los miembros necesitan de ustedes para poner manos a la obra. Ustedes son los que capacitan a los santos para la obra de ministerio. Por lo tanto, si hay miembros de la iglesia que no están ejercitando sus dones espirituales, por necesidad ustedes tendrán que evaluar su propio ministerio de enseñanza. ¿Puede ser acaso que estos miembros no están cumpliendo con su responsabilidad porque ustedes no están cumpliendo con la suya? ¿Están capacitando a todos los miembros de la congregación para que pongan manos a la obra en el reino de Dios? Por supuesto, hay muchos congregantes que sí han recibido la instrucción que necesitan, pero no se ponen a servir por otros motivos, incluyendo su rebeldía. La responsabilidad no cae enteramente sobre el magisterio, pero debido al rol tan importante que cumple, el magisterio necesita hacerse esta pregunta, ¿estamos cumpliendo nuestro propósito divino?

La siguiente aplicación es más directa y está orientada a todos los miembros de la iglesia: ¡Presten atención al magisterio! ¡Sométanse a sus enseñanzas! Vengan todos los domingos a escuchar sus mensajes. Si hubiera una clase dominical, asistan a la clase. Si hay una clase durante la semana, venga a escuchar a los pastores ese día. Y lo que es más, no se contenten con calentar las bancas. ¡Pongan en práctica lo que están aprendiendo! Recuerden que Dios no está buscando oidores sino hacedores de su Palabra. Y el Señor ha puesto al magisterio como comunicadores de esa Palabra centrada en Cristo para el beneficio de ustedes. Como vemos visto, ustedes necesitan de su instrucción para crecer. Dios no es un seleccionador de regalos malo. El don del magisterio es un buen regalo, un regalo necesario. ¡Aprovéchenlo!

Por último, ¡no se contenten con maestros vivos! Como hemos visto, los pastores Francisco y Nelson y los presbíteros Jossian y Roger no son los primeros maestros que Dios ha dado a la iglesia. Lean las grandes obras clásicas del cristianismo. Lean las cartas del Ignacio de Antioquía. Lean La ciudad de Dios de Agustín. Lean La institución de Calvino. Hermanos, no tienen idea de la abundancia de recursos espirituales a su disposición. Se pueden pasar toda la vida leyendo obras clásicas del cristianismo y no les alcanzará el tiempo para leerlas todas. El magisterio es un regalo de Dios para toda la iglesia. No es que Ignacio fue un regalo exclusivo para los creyentes de Antioquía del segundo siglo, Agustín para los africanos del quinto siglo, Calvino para los franceses del siglo dieciséis, y los pastores Francisco y Nelson para nosotros. Todos los maestros que Dios ha dado son un regalo para toda la iglesia. ¡Aprovéchenlos!

Hermanos, hemos visto tres ds hoy: el don del magisterio, el destino del magisterio y el deber hacia el magisterio. Las maestros de la iglesia son un regalo que Dios nos ha dado para ayudarnos a alcanzar nuestro potencial espiritual en Cristo juntos. El saber esto crea un deber para nosotros: debemos aprovechar las enseñanzas del magisterio, tanto del magisterio de hoy como del magisterio de los dos mil años de historia de la iglesia. Ciertamente, las riquezas doctrinales que tenemos a nuestra disposición son incalculables. Tenemos los recursos necesarios para convertirnos en gigantes espirituales. Hermanos, no seamos mendigos espirituales sentado en un banco de oro doctrinal. ¡Aprovechemos el don del magisterio de la iglesia!

Acompáñenme en una oración.

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por el regalo del magisterio de la iglesia. Has sido muy fiel y bondadoso al brindarnos una tradición de instrucción tan larga y rica para nuestro crecimiento espiritual. Te pedimos que nos ayudes a aprovechar tal regalo. No permitas que desaprovechemos la abundancia de recursos doctrinales que has derramado sobre nosotros. Lo que es más, te pedimos que nos ayudes a poner en práctica todas estas enseñanzas, recordando que no buscas oidores sino hacedores de tu palabra. Te pedimos todo esto por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.


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