¿Cómo ser motivado a seguir pidiéndole algo a Dios cuando la respuesta no llega?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: MATEO 7.7-11

7 Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. 8 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. 9 ¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? 11 Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!” (NVI)

MEDITACIÓN

El suicidio es una verdadera tragedia. Últimamente se han visto un par de casos sobresalientes en las noticias. Me parece que en muchos casos, el suicido ocurre debido a la desesperanza. Es verdad lo que dicen. La esperanza es lo último que se pierde. Pero una vez que se pierde, no hay nada más que nos sostenga. El momento en que pensamos que las cosas no pueden mejorar, es el momento en que bajamos los brazos y nos rendimos. Necesitamos ver la luz al final del túnel para seguir adelante. Si no podemos ver la luz, nuestro corazón cae en pánico, se ahoga y muere. Lamentablemente, eso es lo que le pasa a muchas de nuestras oraciones. Encontramos ciertas necesidades apremiantes y se las presentamos a Dios en oración. Se lo pedimos por un tiempo pero no encontramos respuesta. Las cosas empeoran. Seguimos orando por un tiempo más pero la respuesta no llega. Nuestras oraciones pierden sentido. Dejamos de ver la luz al final del túnel y nos rendimos. El pasaje bíblico de hoy nos recuerda que eso no tiene que ser así. Mateo 7.7-11 nos presenta la continuación del famoso Sermón del Monte. El Señor Jesús ha hablado de diferentes temas en relación al verdadero sentido de la Ley de Dios y ahora se dispone a hablar acerca de la oración. La lección es clara: Debemos persistir en la oración porque la respuesta de Dios está garantizada por su bondad. Veamos cada una de las partes de esta lección. Podemos identificar tres de ellas: (1) La instrucción en sí, (2) la razón de la instrucción, y por último, (3) la razón de la razón.

Lo primero que encontramos en este pasaje es la instrucción del Señor Jesús: ¡Sigan pidiendo lo bueno en oración hasta que lo reciban! Hay tres ordenes en el versículo siete: “¡Pidan!,” “¡Busquen!,” y “¡Llamen!” Los tres mandamientos claramente se refieren a la oración porque el versículo 11 habla de pedirle al “Padre que está en el cielo.” Además, la oración que Jesús tiene en mente no es una oración de un minuto que sólo se dice una vez y todavía de pasada, cuando estás dando gracias por los alimentos. No, la oración que Jesús tiene en mente es una oración intensa y persistente. Cuando uno toca la puerta para que le abran, uno tiene que tocar la puerta fuertemente para que escuchen. Si solamente susurro el nombre de alguien que busco desde fuera de su casa, puedo susurrar todo el día y toda la noche pero esa persona nunca me va a escuchar ni saldrá a abrirme la puerta. Por eso decimos que la oración que Jesús demanda es intensa y persistente. Esto no quiere decir que tenemos que gritar para que Dios nos oiga desde el cielo. A diferencia del amigo que buscamos, Dios sí escucha todos nuestros susurros—hasta mis pensamientos más secretos. Cuando decimos que Jesús ordena oraciones intensas y persistentes, queremos decir oraciones que no sólo se dicen una sola vez sino que se repiten y se repiten hasta que Dios responda. Esto también se puede ver en el tiempo de los verbos. En su forma griega original, los verbos imperativos se encuentran en tiempo presente, lo cual denota una acción continua: Pidan y sigan pidiendo, busquen y sigan buscando, llamen y sigan llamando. Pero esto no debe ser confundido con una invitación a pedir lo que sea que se nos antoje. El Señor quiere que pidamos cosas necesarias y buenas en oración. El versículo 9 habla del hijo que pide pan y el 10 de la necesidad de pescado. Luego el versículo 11 habla de dar “cosas buenas” a los hijos. Por eso es que en el pasaje paralelo en el evangelio de Lucas, en lugar de decir simplemente que el Padre celestial dará algo bueno, el Señor Jesús dice que el Padre “dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan” (Luc 11.13). Es también por eso que el apóstol Santiago escribe en su epístola, “Y cuando [ustedes] piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones” (Stg 4.3 NVI). La instrucción clara de Jesús es que sigamos pidiendo lo bueno en oración hasta que lo recibamos.

¿Pero cuál es la razón de esa instrucción? ¿Por qué debemos seguir pidiendo lo bueno en oración hasta recibirlo? La respuesta es que sólo si seguimos pidiendo, lo recibiremos. Si no seguimos pidiendo, no lo recibiremos. Es verdad que el Señor promete que “se les dará,” pero lo hace después de ordenar, “Pidan.” Ciertamente el Señor nos asegura que “encontrarán,” pero lo hace después de mandar, “Busquen.” Efectivamente, el Señor garantiza que “se les abrirá,” pero lo hace después de decir, “Llamen.” El versículo 8 enfatiza esto aun más. Éste no dice que todos reciben, sino que todo “el que pide,” recibe. Es “el que busca,” quien encuentra y es “al que llama,” a quien se le abre. Como dice la conocida expresión, “guagua que no llora, no mama.” Por eso es que Santiago escribe en la misma carta citada anteriormente, “[Ustedes] no tienen, porque no piden” (Stg 4.2). Y como ya hemos visto, la oración que será contestada es la oración intensa y persistente. Ahora también ya sabemos por qué debemos persistir en tal oración. Porque si lo hacemos, el Señor ciertamente responderá nuestra oración. Perseveramos en la oración a pesar de las circunstancias contrarias porque el Señor nos ha mostrado la luz al final del túnel: “Se les dará,” “encontrarán,” “se les abrirá.” Ciertamente, vale la pena persistir en la oración.

Pero eso no es todo lo que nos enseña el Señor. Él también nos da la razón de la razón de su instrucción. En otras palabras, ¿por qué podemos estar seguros que nuestras oraciones persistentes serán respondidas? Respuesta: el Dios poderoso a quien oramos es un Padre bueno. Los versículos 9 al 11 nos presentan un argumento de menor a mayor: “Si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!” El Señor Jesús no tuvo reparos en decirnos las cosas tal y como son en la cara. Él nos dice que somos “malos.” Yo soy malo. Tú eres malo. Sí, tú que estás leyendo. Si no te has dado cuenta que eres malo (y verdaderamente te conviene darte cuenta pronto), lee los diez mandamientos en Éxodo 20 o simplemente lee los versículos anteriores del Sermón del Monte en los capítulos 5 y 6 de Mateo. Después de leer estos pasajes (y podríamos leer muchos otros), nos debe quedar en claro que somos malos—tal y como dice Jesús. Pero aun siendo malos, sabemos darles buenas cosas a nuestros hijos cuando nos las piden. Ahora, a diferencia de nosotros, Dios no es malo. Él es bueno. Él siempre es bueno. Él siempre es infinitamente bueno y misericordioso. Por lo tanto (aquí está el argumento de menos a más), debemos concluir que Dios nos dará todo lo bueno que le pidamos. Lo que sea. Si es bueno, él nos lo dará. Esa es la razón de la razón de la instrucción. Porque Dios es sumamente bueno—siempre—, debemos concluir que seguramente recibiremos todo lo bueno que le pidamos. Y como seguramente recibiremos todo lo bueno que le pidamos, debemos pedir y seguir pidiendo y no cansarnos de pedir sus bendiciones hasta que las recibamos.

La pregunta clave aquí es qué es lo bueno que debo pedir. Esta enseñanza me sirve de muy poco si la aplico pidiendo cosas malas o egoístas. Si pido eso, me puedo pasar la vida entera pidiendo y no recibiré nada de Dios y Dios no habrá faltado a su promesa porque Él promete darme lo bueno que pida, no lo malo. Y si quiero estar seguro que lo que anhelo es bueno, debo conocer aquello que Dios dice que es bueno. Por lo tanto, debo estudiar las Escrituras con fe y con la ayuda de la iglesia para aprender el tipo de cosas que Dios quiere que busque en mi vida. Por el momento, déjame darte una pista de las cosas que Dios seguramente te dará si se lo pides persistentemente. Pide por la llenura del Espíritu Santo. Pide por fe. Pide por esperanza. Pide por amor. Pide por tus necesidades diarias. Pide por la salvación de tus seres queridos. Pide por justicia en este mundo. Pide por la venida del reino de Dios. Pide, busca y llama por estas cosas. No te canses de hacerlo. Si no te rindes, tienes la promesa inquebrantable del Hijo de Dios que tu Padre celestial se deleitará en darte todo esto. No te rindas. Hay una luz muy brillante al final de túnel. Un esfuerzo más te hará alcanzarla. Pide y recibirás porque tienes un Padre bueno y todopoderoso en el cielo que te ama. Confía en Él.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por animarnos a persistir en la oración y prometernos que responderás todas nuestras peticiones. ¡Qué bueno eres! Ayúdanos a confiar en ti. Ayúdanos a perseverar para que probemos más de tu bondad en nuestras vidas y nuestros labios sean llenos de tu alabanza. Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo que nos enseñó a verte como un Padre bueno por medio de su muerte y resurrección. Amén.


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