¿Por qué nos conviene invertir todo nuestro dinero en el reino de Jesús?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: MATEO 6.19-24

19 “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. 20 Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. 21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. 22 El ojo es la lámpara del cuerpo. Por tanto, si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz. 23 Pero si tu visión es [mala], todo tu ser estará en oscuridad. [Así que,] si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué densa será esa oscuridad! 24 Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.”(NVI)

MEDITACIÓN

El dinero es un asunto muy delicado—especialmente en la iglesia evangélica. Algunos estafadores que se hacen pasar por evangelistas en televisión ya le han dado muy mala fama a la iglesia. En lugar de predicar las buenas noticias de la muerte y la resurrección del Hijo de Dios y exhortar a la audiencia a confiar en Él y practicar obras de amor en la esperanza de su regreso, estos charlatanes predican el falso evangelio de las riquezas mundanas y se dedican a exhortar a la audiencia a donar más y más dinero con el fin de llenar sus bolsillos. Estos embaucadores sólo se dedican a repetir cosas como, “el Señor me ha dicho que todos los que envíen una donación de $ 1,000 o más serán prosperados en sus negocios,” o “haz un pacto con Dios ahora de que enviarás $ 100 mensuales a nuestro programa para que Él te multiplique ese dinero por cien.” Lo más triste de todo es que muchas personas que se encuentran con estos programas en la televisión concluyen que todos los evangélicos son así de materialistas y avarientos. Es por eso que algunos predicadores que en verdad sirven a Cristo se van al otro extremo—precisamente para evitar ser asociados con estos “tele-evangelistas.” Un siervo del Señor que conozco personalmente nunca hablaba de dinero ni ofrecía ninguna oportunidad para dar ofrendas durante las reuniones de la iglesia. Este pastor ahora se ha dado cuenta que se fue a un extremo y ha hecho algunos cambios en su ministerio porque, si en verdad queremos predicar toda la Palabra de Dios, entonces inevitablemente tenemos que hablar de dinero porque la Biblia lo hace. No es de lo único que habla como los “tele-estafadores,” pero sí habla de él como el texto bíblico de hoy lo demuestra. Seguimos dentro del famoso “Sermón del Monte,” pero hemos dejado atrás la sección en la que Jesús se enfocaba en revelar y corregir diferentes formas de hipocresía. En esta nueva sección del sermón, el Señor se enfoca en el tema del dinero. El mensaje principal de hoy es claro: necesitamos invertir todo nuestro dinero en el reino eterno de Cristo apasionadamente. Esta enseñanza contiene tres elementos importantes que debemos ver en más detalle.

Primero, la superioridad de sumar tesoros trascendentales (vv. 19-20). Jesús establece un contraste entre acumular tesoros terrenales y acumular tesoros celestiales con el fin de demostrar la superioridad de lo segundo. Acumular tesoros terrenales consiste en obtener más y más dinero y posesiones aquí y ahora. En otras palabras, acumular tesoros terrenales significa hacer crecer más y más mi cuenta de ahorros, multiplicar más y más mi dinero mediante inversiones, adquirir más y más terrenos, más y más automóviles, más y más prendas de vestir lujosas, etc., etc. Y todo eso con fines mundanos, con el objetivo principal de mejorar la calidad de vida en este mundo. Por otro lado, acumular tesoros celestiales consiste en obtener más y más recompensas por la obediencia a Cristo cuando Él vuelva en gloria para establecer su reino eterno en un mundo renovado. En otras palabras, acumular tesoros celestiales significa tomar el dinero que tengo en el banco y ponerlo al servicio de la iglesia de Cristo. Es usar mis terrenos para aliviar la necesidad de otras personas en el nombre del Señor. Es usar mis automóviles para ayudar al prójimo según el mandamiento de Dios. Aunque parezca que el usar mi dinero y mis propiedades de esa forma constituya una pérdida personal, la verdad es que es una ganancia a largo plazo ya que Dios ha prometido recompensar en Cristo todo sacrificio que hagamos por Él. Dios no tenía que prometernos nada ya que de todas formas le debemos todo lo que somos, pero aun así lo hizo porque es un Dios extremadamente generoso. Y a diferencia de las riquezas en este mundo, la recompensa que Dios promete en Cristo no se pierde en la muerte porque en su reino no habrá muerte. Tampoco se corromperá porque no habrá corrupción en el reino de su Hijo. Tampoco podrá ser robada porque no habrá delincuentes. Es por eso que poner nuestro dinero al servicio del reino de Cristo hoy no es una pérdida sino una inversión. De hecho, es la inversión más segura que podremos hacer porque está garantizada por la resurrección de Cristo. Lo que sacrifiquemos hoy por amor a Cristo, será recuperado con creces en su reino. Además, las riquezas celestiales que heredaremos no serán temporales sino eternas y trascendentales. Por lo tanto, acumular tesoros celestiales es infinitamente superior a acumular tesoros terrenales. Ahora bien, esto no significa que todo cristiano deba vender todas sus posesiones y regalar el dinero a los pobres. No es que Jesús quiera que todos sus seguidores tomen votos de pobreza o que Dios no admita personas adineradas en su reino. La pregunta de fondo aquí no es, “¿tienes o no dinero en el banco?” La pregunta de fondo es, ¿cuál es el propósito de ese dinero? ¿Quién controla tu corazón? ¿El dinero que tienes en el banco o el Dios que te ha dado ese dinero? Esto se ve más claro en el siguiente punto.

Segundo punto, la evaluación de nuestra espiritualidad (vv. 22-23). La razón por la que es necesario que tanto Jesús como todos los predicadores cristianos hablen en algún momento del dinero es que lo que hacemos con nuestro dinero demuestra la condición de nuestro corazón. Jesús dice, “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.” En otras palabras, la causa por la que inviertes más dinero es la causa que tu corazón más ama. Si inviertes más dinero que nada en tu educación, entonces está claro que la educación es lo que tu corazón más valora. Si inviertes más dinero que nada en tu diversión, entonces está claro que la diversión es lo que tu corazón más valora. Si inviertes más dinero que nada en la obra de Dios, entonces está claro que Dios es lo que tu corazón más valora. Tu corazón se encuentra donde esté tu tesoro. De hecho, lo que Jesús dice acerca de la visión clara y la visión mala desarrolla el mismo punto. En la cultura hebrea en la que Jesús creció y enseñó, tener “visión clara” significaba ser generoso y tener “visión mala” significaba ser tacaño. Por ejemplo, Proverbios 28.22 dice que, “el tacaño ansía enriquecerse, sin saber que la pobreza lo aguarda.” (NVI) En este versículo, la designación “el tacaño” es una interpretación de la frase hebrea “hombre de mal ojo” que se encuentra en el texto original del proverbio. La traducción del evangelio de Mateo que estamos leyendo habla de tener buena o mala visión pero el texto griego original habla de tener buenos o malos ojos. O sea que tener un “mal ojo” (o “mala visión” en el caso de nuestro texto) significa ser tacaño mientras que tener un “buen ojo” (o “buena visión”) significa ser generoso. ¿Qué quiere decir Jesús entonces al decir que una mala visión equivale a un interior lleno de oscuridad? Que el ser tacaño o avaro equivale a tener el corazón lleno de mal. Las personas cuyos corazones han sido renovados por la bondad de Dios son personas generosas, dadivosas, desprendidas. Estas personas no dan a regañadientes, sino con alegría. Es por eso que al inicio dijimos que el mensaje principal de este texto consistía en invertir nuestro dinero en el reino de Cristo apasionadamente, es decir, de corazón, con ganas. Y es que lo que hacemos con nuestro dinero sirve como una evaluación de nuestra espiritualidad. Si queremos saber si realmente amamos a Dios de corazón, veamos cómo estamos gastando nuestro dinero. Si invertimos la mayor parte de nuestro dinero en cosas sin relación a Dios, entonces todas nuestras palabras acerca de cuánto amamos a Dios son solamente eso—palabras que se las lleva el viento—porque nuestros hechos no demuestran esa realidad. Pero si estamos invirtiendo ese dinero que nos cuesta tanto ganar en la obra del Señor, contribuyendo a las necesidades de la iglesia y de nuestros prójimos, y si lo estamos haciendo de manera generosa y alegre, entonces podemos estar seguros que Cristo nos has salvado porque nos ha dado un buen corazón, un corazón que ama a Dios y al prójimo, no sólo en palabra sino también en hecho y en verdad. Así que toma un tiempo y pregúntate, “¿en qué cosas estoy invirtiendo la mayor parte de mi dinero?” “¿Lo estoy invirtiendo en establecer mi reino personal o el reino de Cristo?” Luego mira los resultados y eso te dirá si realmente amas a Dios. Si inviertes la mayor parte de tu dinero en cosas sin relación a Cristo, eso indica que realmente Cristo no es lo que más amas en la vida. Pero si inviertes la mayor parte de tu dinero en su iglesia y en su obra, eso indica que Cristo sí es lo que más amas en la vida. ¿Qué indica la manera en que inviertes tu dinero?

Tercero, la imposibilidad de la indecisión (vv. 24). El Señor Jesús concluye su enseñanza sobre el dinero diciendo que no se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas. Es imposible. El Señor Jesús no nos pide la mitad de nuestro corazón para que podamos darle la otra mitad a las riquezas terrenales. No. Él quiere todo nuestro corazón, lo cual conlleva a todo nuestro servicio. Y no es que Él esté exagerando por ser acomplejado. Él pide lo justo porque toda nuestra vida le pertenece. Él nos creó en el principio y nos redimió de nuestros pecados en la cruz. Además, el corazón que busca adquirir para sí tesoros terrenales es completamente opuesto al corazón que busca dar a otros para encontrar tesoros celestiales. El primero es un corazón avariento mientras que el otro es un corazón generoso. Es por eso que Jesús dice que el que ama las riquezas terrenales lo despreciará a Él. No se puede invertir la mitad del dinero en tesoros terrenales y la otra mitad en tesoros celestiales de buena gana. No podemos permanecer indecisos en este asunto, pretendiendo invertir parte de nuestros bienes en riquezas pasajeras y la otra mitad en riquezas duraderas. Por lo tanto, necesitamos tomar la decisión de invertir todo de nosotros—incluso todo nuestro dinero—en el servicio del Señor Jesucristo y de su reino.

¿Pero cómo se invierte todo el dinero en el reino de Cristo? ¿Acaso vendemos todo lo que tenemos y se lo damos a los pobres y nos reusamos si quiera a guardar el dinero necesario para nuestro propio alimento esperando vivir de la caridad de los pecadores que no han hecho lo mismo? La respuesta obvia es que no. Si todos vendiéramos todo lo que tenemos para dárselo a los pobres y decidiéramos vivir de limosnas, entonces no habría quien nos diera esas limosnas y todos nos moriríamos de hambre. Dios no pertenece a la orden monástica de los mendicantes ni es comunista. Dios no tiene nada contra el dinero ni la propiedad privada en sí. Lo que Dios detesta y condena es la avaricia, la tacañería, el egoísmo. ¿Pero entonces cómo invierto todo mi dinero en el reino de Cristo? Invertimos todo nuestro dinero en el reino de Cristo tomando parte del dinero para satisfacer nuestras propias necesidades en el servicio a Cristo y tomando el resto del dinero para satisfacer las mismas necesidades en aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos. Es decir que después que Dios haya provisto para tus necesidades reales—no tus lujos innecesarios—y le hayas agradecido por eso, entonces toma el exceso con que Dios te ha bendecido y compártelo con la iglesia y con quien todavía no tenga para las necesidades que tú ya satisficiste. En lugar de gastar tanto dinero en satisfacer tu gula y caer en sobrepeso y tener tanto alimento en la refrigeradora que se tiene que echar parte de ello a la basura, conténtate con el alimento que necesites para servir a Dios con energía, gasta menos dinero en comida y utiliza la diferencia para aliviar el hambre de los pequeños que se van a dormir sin haber puesto un solo bocado de pan en su boca. En lugar de gastar tanto dinero en comprar ropa que ya ni siquiera entra en tu closet repleto, conténtate con la ropa que realmente necesites usar para servir a Dios con agradecimiento y utiliza el dinero que gastarías en prendas que a lo mucho usarás una sola vez en tu vida en adquirir vestido para los pequeños que no tienen ni siquiera un par de zapatos. Y de paso toma tanta ropa que nunca usas y dásela a alguien que sí la va a usar. En lugar de poner todo el excedente de tu salario en tu cuenta de ahorros para proyectos personales, toma una porción generosa y ofrécelo a la iglesia y a misioneros para que más y más personas conozcan al Salvador antes que sea demasiado tarde para ellos y tengan que pasar una eternidad infernal separados de la gracia de Dios. Lo que estamos describiendo no es opcional. Es necesario. No podemos servir a Dios y a las riquezas. No podemos vivir para acumular tesoros terrenales y tesoros celestiales al mismo tiempo. Necesitamos invertir todo nuestro dinero en el reino de Cristo apasionadamente. Por lo tanto, recordemos el amor de quien “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.” (Rom 8.32) Dios ya sacrificó aquello que es lo más precioso y valioso para poder salvarnos. ¿Cómo no podemos entonces nosotros sacrificar nuestras riquezas y comodidades en este mundo para servir al Dios que ha sacrificado algo infinitamente más valioso por nosotros? No hay punto de comparación entre las riquezas de este mundo y la vida divina, santa y preciosa del Señor Jesucristo, el autor mismo de la vida. Mas lo segundo es lo que Dios ya ha sacrificado por nosotros. El incomparable amor de Dios en Cristo nos inspire a invertir todo nuestro dinero en el reino eterno de su Hijo resucitado con alegría y gozo. Esa es la mejor inversión que podríamos hacer.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por no haber escatimado ni a tu propio Hijo por nosotros. Ayúdanos a apreciar este sacrificio supremo para ser inspirados a sacrificar nuestra comodidad y riquezas en este mundo con el fin de obedecerte y aliviar la necesidad de nuestro prójimo. Ayúdanos a entender que este sacrificio es una inversión espiritual que produce mucho más beneficio para nosotros que cualquier otra inversión financiera en este mundo. Perdónanos por haber sido tan egoístas, tan materialistas, tan avarientos y tacaños. Transforma nuestras mentes y corazones para conformarnos al corazón dadivoso de Jesús. Es en su nombre poderoso que te pedimos todo esto de manera confiada. Amén.


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