¿Por qué se dice que la oración del Padre Nuestro es el mártir más grande de la iglesia?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: MATEO 6.9-15

9 “Ustedes deben orar así: ‘Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, 10 venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. 11 Danos hoy nuestro pan cotidiano. 12 Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. 13 Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno.’ 14 Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. 15 Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.”(NVI)

MEDITACIÓN

¿Por qué se dice que la oración del Padre Nuestro es el mártir más grande de la iglesia? Porque todos los días muchas personas violan esta oración en el nombre de Cristo. En el pasaje anterior del evangelio de Mateo vimos que Jesús condena la repetición monótona y vacía de palabras en la oración (Mt 6.7). Inmediatamente después, Jesús nos enseña la oración del Padre Nuestro. Pero en lo que es una gran ironía, muchos en la iglesia practican esta oración exactamente de la manera en que Jesús nos dice que no lo hagamos, es decir, ¡repitiéndola sin pensar! Es una costumbre en muchas tradiciones cristianas el recitar la oración del Padre Nuestro a diario. Eso en sí no es un problema. Todos nosotros tenemos peticiones que presentamos delante de Dios a diario y sabemos que podemos repetir estas peticiones de manera sincera. Además, Jesús ordena al inicio del pasaje, “Ustedes deben orar así.” Por lo tanto, sí se puede y sí se debe repetir el Padre Nuestro. Pero la clave está en hacerlo con entendimiento y de manera sincera. El problema está en que muchos lo repiten sin siquiera saber qué significan las palabras que están diciendo. Por ejemplo, muchas personas que repiten la oración constantemente no tienen la menor idea de lo que la palabra “santifica” significa. Lo que es más trágico todavía, algunos repiten la oración varias veces al hilo instruidos por un sacerdote bajo la impresión de que tal repetición hueca causará el perdón de sus pecados. Realmente, la culpa de eso cae principalmente sobre la iglesia que enseña a repetir la oración pero no se asegura que los que la repitan sepan lo que están diciendo. Pero si estudiamos esta oración y entendemos lo que estamos pidiendo al repetirla, nos damos cuenta que realmente es la oración más perfecta de todas. La oración es parte del famoso “Sermón del Monte” de Jesús. De hecho, la encontramos dentro de las palabras de corrección que Jesús habló en contra de la hipocresía en la oración. Jesús acababa de enseñar que no debemos orar para llamar la atención sino para expresar nuestras necesidades a Dios con sinceridad. En el texto bíblico de hoy, Jesús nos enseña el Padre Nuestro como la oración que debe moldear todas nuestras peticiones a Dios. El orar consiste en presentar nuestras peticiones a Dios con fe y humildad. El Padre Nuestro consiste en siete peticiones que podemos dividir en dos grandes grupos. Después de analizar todas las peticiones vemos que el Padre Nuestro es mucho más que una oración que deba repetirse de manera exacta. El Padre Nuestro es una guía que nos enseña el tipo de cosas que debemos buscar y el orden en que debemos buscarlas.

La primera división consiste en peticiones orientadas a Dios (vv.9-10). Las primeras tres peticiones son (1) “santificado sea tu nombre,” (2) “venga tu reino” y (3) “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” Pero antes de empezar a enumerar estas peticiones, la oración identifica a su destinatario. La oración se dirige al “Padre nuestro que [está] en los cielos.” Orar el Padre Nuestro es una afirmación de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Es verdad que hay un sentido en que todas las personas pueden llamar a Dios “Padre” por ser su creador y hay otro sentido especial en que el pueblo de Israel puede llamar a Dios “Padre” por ser su libertador. Pero el sentido pleno de la palabra “Padre” sólo se encuentra por medio de Jesús quien ha conocido a Dios como su Padre espiritual por toda la eternidad. Por medio de la fe en Jesús, nosotros también podemos referirnos a Dios como “Padre” en este último sentido pleno porque todos los que confían en el Hijo unigénito de Dios son adoptados espiritualmente por el Padre eterno. Es por eso que referirnos a Dios como “Padre” debe establecer un tono de confianza para toda la oración. ¿Acaso un Padre bueno nos negaría una petición legítima? Pero no sólo debemos orar con confianza sino también con reverencia porque Dios no sólo es nuestro Padre, sino nuestro Padre “que está en cielo.” En otras palabras, Dios es un Padre trascendental. Él no es simplemente uno más de nosotros. Él está por encima de todos y gobierna el universo y hasta lo invisible soberanamente. Por lo tanto, no sólo debemos dirigirnos a Él con confianza sino también con la mayor reverencia y admiración.

¿Pero qué significan las peticiones? Primero, pedirle a Dios que su nombre sea “santificado” significa pedirle que se reconozca que Él es santo, es decir, excelso, trascendental, supremo y digno de adoración exclusiva. El pedir que el nombre del Padre sea “santificado” significa pedirle a Dios que Él sea honrado por quien Él es en verdad, que sus promesas sean creídas, sus mandamientos obedecidos, y su nombre alabado—¡en todas partes y por todos! Segundo, pedirle a Dios que su reino venga realmente no es muy diferente a la tercera petición. De hecho, la omisión de la tercera petición en los manuscritos más antiguos de la versión del Padre Nuestro en el evangelio de Lucas (Lc 11.2) parece indicar que Mateo presenta la tercera petición como una elaboración o explicación de la segunda. Por lo tanto, pedirle a Dios que su reino venga significa pedirle que su voluntad se haga “en la tierra como en el cielo.” La pregunta natural es, “¿cómo se hace la voluntad de Dios en el cielo?” La respuesta es “perfectamente.” En el cielo, la voluntad de Dios se cumple de manera perfecta, es decir, todos hacen todo lo que Dios desea en todo momento. Ya que sabemos que tal perfección no se puede encontrar en el mundo actual, las peticiones segunda y tercera están pidiendo que el Señor Jesús regrese para completar su obra de redención y establecer el reino perfecto de Dios en nuestro mundo. “Venga tu reino” inevitablemente significa, “¡Venga el Rey!”, “¡Marana ta!,” “¡Ven pronto, Señor Jesús!” Y por su parte, eso significa que también estamos pidiendo que el Espíritu de Jesús guie a todos sus discípulos al cumplimiento de las buenas obras que Él les ha encomendado porque, hasta que eso se cumpla, Él no regresará.

Después de analizar las primeras tres peticiones, vemos que el Padre Nuestro nos enseña que nuestras oraciones deben estar orientadas principalmente a la gloria de Dios. Antes de que pidamos por cualquier necesidad personal, Jesús nos enseña que debemos pedir que Dios reciba toda la honra que sólo Él se merece y que su reino se establezca perfectamente pronto sobre la tierra. Vemos así que las oraciones bien hechas deben conformar nuestros corazones al corazón de Dios. Por sobre todas las cosas, debemos anhelar lo que Dios anhela. Debemos amar a Dios por sobre todas las cosas. Y debemos reconocer que Él mismo es quien nos concede aun la misma habilidad y disposición de adorarlo.

La segunda división consiste en peticiones orientadas a la comunidad (vv.11-13). Las últimas cuatro peticiones son (4) “danos nuestro pan,” (5) “perdónanos,” (6) “no nos dejes caer” y (7) “líbranos del mal.” Interesantemente, ni las peticiones “personales” están en singular. El Padre Nuestro no dice, “daME,” sino “daNOS.” No dice, “perdónaME,” sino “perdónaNOS.” No dice, “no ME dejes caer,” sino, “no NOS dejes caer.” No dice, “líbraME,” sino “líbraNOS.” Es decir que aun cuando presentamos a Dios nuestras necesidades personales, no debemos olvidarnos de las necesidades de nuestros hermanos y hermanas. No sólo debemos amar a Dios por sobre todas las cosas. También debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

¿Pero qué significan estas peticiones? Primero, pedirle a Dios que nos dé “el pan nuestro de cada día” no se limita a una petición de alimentos sino que incluye una petición por todas las cosas que necesitamos para nuestro sostenimiento—salud, oportunidad de trabajo, prosperidad en el trabajo, etc. Además, esta petición deja en claro que debemos estar dependiendo de Dios para nuestras necesidades constantemente. Cada día debemos pedir el pan de “hoy.” No debemos asumir que porque ayer tuvimos comida en el refrigerador, hoy será igual. Una actitud de autosuficiencia conlleva a la ingratitud. Orar el Padre Nuestro nos protege de esa tentación. Segundo, ya que Jesús elabora el tema del perdón al terminar el Padre Nuestro, explicaremos qué significa pedirle perdón a Dios más adelante. Tercero, lo que ocurrió con la petición de “venga tu reino” y su explicación por la siguiente petición de “hágase tu voluntad,” parece repetirse al final de la oración. De hecho, según los manuscritos más antiguos, el evangelista Lucas tampoco incluye la petición “líbranos del mal” en su versión. En otras palabras, Mateo incluye la petición, “líbranos del mal,” para explicar la petición de “no nos dejes caer en tentación.” El pedirle a Dios que no nos “meta en tentación” no quiere decir que Dios tiente a las personas para que pequen. Dios no hace eso. El diablo es quien nos tienta para que hagamos el mal. Pero lo que la petición reconoce es que Dios controla todo—incluso las tentaciones que el diablo, sus demonios o el mundo nos pueden presentar. El Padre celestial tiene poder sobre todo espíritu contrario y sobre toda circunstancia de la vida. Por lo tanto, Él nos puede rescatar de las tentaciones para que no pequemos ni rindamos nuestra fe a pesar de los retos más severos. Y eso es precisamente lo que pedimos con las últimas peticiones del Padre Nuestro.

Este segundo grupo de peticiones reconocen que tenemos verdaderas necesidades diarias que Dios quiere que se las presentemos en oración después de haber buscado su reino y su justicia primero. De hecho, en vista de que, según el mismo Padre Nuestro, el deseo principal de nuestro corazón debe ser “santificar” el nombre de Dios, debemos entender que no estamos pidiendo “el pan nuestro de cada día” con el fin de satisfacer nuestros deseos egoístas sino con el fin de tener las energías para brindar un servicio pleno en el reino de nuestro Padre celestial. No pedimos ser librados del mal con el fin de escapar el castigo divino sino con el fin de no deshonrar el nombre santo de nuestro Dios. Como dijimos, el Padre Nuestro es una guía que nos enseña el tipo de cosas que debemos buscar y el orden en que debemos buscarlas. Tenemos verdaderas necesidades personales que debemos presentar a Dios en oración pero estas no deben ser nuestra búsqueda primordial. La gloria de Dios debe ser nuestra búsqueda primordial. Y el Padre Nuestro nos ayuda a recordar eso.

Por último, leemos una advertencia sobre la prioridad del perdón (vv.14-15). La única petición que hasta ahora no hemos explicado es la quinta: “perdónanos nuestras deudas como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.” Esta es una petición especial en el texto de Mateo porque es la única petición para la que Jesús da razones después de terminar de enseñar la oración del Padre Nuestro. Pero antes de ver las razones, debemos entender qué significa la petición en sí. Por ser un acto de rebelión contra el supremamente honorable y legítimo Rey de todo el universo, el pecado debería romper nuestra relación con Dios y condenarnos a una privación eterna de todo bien. El pedir perdón a Dios significa pedirle que no tome en cuenta nuestra desobediencia para que podamos seguir disfrutando de una relación de amor y comunión con Él a pesar de haberlo ofendido. Interesantemente, el Padre Nuestro enseña que no podemos pedir perdón a Dios hasta que primero no hayamos perdonado a nuestro prójimo por las ofensas cometidas contra nosotros mismos. Y como dijimos, esta es la única petición para la cual Jesús da razones al final: “Si perdonan, también los perdonará su Padre. Pero si no perdonan, tampoco su Padre les perdonará.” Si queremos ser perdonados por Dios, debemos perdonar a otros. Si queremos que Dios no tome en cuenta nuestras ofensas contra Él, no debemos tomar en cuenta las ofensas de otros contra nosotros. Esto no quiere decir que debemos seguir exponiéndonos indefinidamente al abuso de otros, pero sí que debemos bendecir a los que nos insultar y orar por los que nos agreden. No debemos guardar rencores ni buscar venganza.

¿Pero cómo podemos ser capaces de hacer eso? ¿Cómo podemos “no tomar en cuenta” ofensas que nos han lastimado profundamente? Nadie puede dar de aquello que no tiene. Para dar alimento, debo haber recibido alimento primero. De manera similar, para dar perdón, debo haber recibido perdón primero. Para dar perdón extremo, debo haber recibido perdón extremo primero. Y eso es precisamente lo que nos ofrece Dios por medio de Jesucristo. La ofensa de nuestros pecados contra Dios es infinitamente más seria que cualquier ofensa entre los hombres. Mi desobediencia contra Dios es mucho más seria que cualquier abuso que otra persona pueda efectuar contra mí. El agredir a una mujer es una canallada pero el agredir a tu propia madre no tiene nombre. De manera similar, por más seria que sea una ofensa contra una creación de Dios, no se compara a la seriedad de una ofensa contra el Dios Creador de todo el universo. Y fue precisamente por este tipo de ofensa más seria de todas que Jesús murió en la cruz. El Hijo santo de Dios ofreció su vida de valor infinito para que Dios pueda perdonar la deuda de valor infinito que nosotros teníamos con Él. Dios nos ofrece en Cristo perdón extremo. Por lo tanto, no tenemos excusa para rehusarnos a perdonar a otros—sea cual haya sido la ofensa contra nosotros. Si Dios está dispuesto a perdonar tu ofensa de valor infinito, ¿con qué derecho te puedes rehusar a perdonar a otro por una ofensa que es comparativamente insignificante? Si te rehúsas, te estás poniendo por sobre Dios en importancia. Si te rehúsas a perdonar, básicamente estás diciendo: “La faltas que otros cometen contra mí son más graves que las faltas que yo cometo contra Dios. Mi dignidad es superior a la de Dios porque mis faltas contra Él deben ser perdonadas pero las faltas contra mí, no.” Jesús enseña que Dios no perdonará esa actitud. La única solución es reconocer que nuestra ofensa contra Dios es del orden más serio que puede haber y recibir su perdón extremo en Cristo por medio de la fe. Sólo así tendremos las fuerzas para perdonar a otros y seguir disfrutando del perdón de Dios en nuestras vidas.

 

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre Nuestro que estás en los cielos,

Santificado sea tu nombre,

Venga tu reino,

Hágase tu voluntad en la tierra así como en el cielo,

Danos hoy el pan nuestro de cada día,

Perdona nuestras ofensas como nosotros también hemos perdonado a los que nos ofenden,

No nos dejes caer en tentación mas líbranos del mal.

Amén.


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