¿Cómo NO debemos orar y cómo SÍ?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: MATEO 6.5-8

5 “Cuando oren, no sean como los hipócritas, porque a ellos les encanta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea. Les aseguro que ya han obtenido toda su recompensa. 6 Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras. 8 No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan.(NVI)

MEDITACIÓN

¡Los niños pequeños pueden ser tan encantadores! De hecho, son tan simpáticos que incluso nos dan risa al hacer cosas que normalmente causarían enojo. Es como el niñito al que su mamá le dice que guarde sus juguetes y ordene su cuarto. Después que el pequeñín le avisa a su mamá que ya terminó la tarea asignada, la mamá va al cuarto y se encuentra con que su hijito simplemente había puesto los juguetes en la cama y los había tapado con la sábana. La madre ni siquiera tuvo que mover las sábanas para darse cuenta que los juguetes estaban ahí. Los bultos que éstos causaban en la cama eran obvios. El niñito pensó que podía engañar a su madre sin saber que ella podía ver perfectamente lo que él hizo. En este caso, la ocurrencia del pequeño nos puede parecer algo gracioso. Pero si un manganzón de 17 años le hiciera eso a su madre ya no sería tan gracioso. A veces nosotros, siendo ya adultos, hacemos lo mismo con Dios. Al dirigirnos a Él en oración, decimos cosas que no reflejan el verdadero deseo de nuestro corazón. Le decimos, “venga tu reino,” cuando en verdad deseamos que sea nuestro propio “reino” el que se establezca. Como el niñito, ponemos una “sábana” sobre nuestro corazón pensando que Dios no se dará cuenta de lo que hay ahí. Lo hagamos inconscientemente o no, actuamos como su pudiéramos engañar a Dios al orar ignorando que nuestro Padre celestial puede ver perfectamente lo que pensamos y sentimos. Pero a diferencia del caso de los niños, esto ya no debería ser causa de risa sino una ocasión para la corrección. Esta hipocresía a la que caemos en la oración es algo que no sólo ocurre hoy en día sino que también ocurría en los tiempos de Jesús. Por lo tanto, siguiendo con su famoso “Sermón del Monte,” Jesús busca corregir esta tendencia en medio de una sección en la que se enfocaba en revelar y corregir diferentes formas de hipocresía. En el pasaje bíblico de hoy, Jesús se enfoca en la práctica de la oración: no debemos orar para llamar la atención sino para expresar nuestras necesidades a Dios con sinceridad. Esta lección se comunica en tres pasos.

Lo primero que encontramos es lo que NO se debe hacer al orar (v.5, 7-8a). Hay dos cosas que Jesús nos enseña que no hagamos al orar. Lo primero que debemos evitar es orar en público con la intención de impresionar a la gente. Jesús no enseña que orar en público en sí esté mal. De hecho, Jesús mismo oró en público varias veces (Mt 11.25-26; Jn 11.41-42; 17.1-26). No hay ningún problema con el hecho en sí de orar en público en la iglesia o en un restaurante dando gracias por la comida. El error consiste en orar en público con la intención de impresionar a otros. El pecado está en la mala motivación para orar. La oración es un ejercicio de fe y humildad. Es un ejercicio de fe porque buscamos la ayuda de Dios convencidos que Él existe y que tiene el poder y la disposición de ayudarnos. Es un ejercicio de humildad porque estamos reconociendo que somos débiles y necesitamos su ayuda. La motivación correcta de la oración es la gloria de Dios. Por el contrario, el que ora para impresionar a otros está motivado por la gloria personal. En vez de orar para humillarse delante de Dios, el que ora para impresionar a otros, ora para exaltarse a sí mismo. Eso se llama hipocresía. Es hipocresía porque se pretende ser algo que no se es. Se pretende ser humilde delante de Dios cuando en realidad se es orgulloso delante de los hombres. Y eso es algo que algunos contemporáneos de Jesús estaban haciendo. En ese tiempo, los judíos tenían ciertas horas asignadas al día cuando debían orar. Si estabas haciendo algo y llegaba la hora de orar, debías parar lo que estabas haciendo y hacer tus oraciones. Muchos hacían estas oraciones delante de otros simplemente para que todo el mundo sepa que estaban orando. Jesús les dice a esas personas: “¿Así que estás orando para que el mundo te vea orar? Te felicito. Ya obtuviste lo que querías. Ya te vieron orar. Pero no pienses que recibirás nada de parte de Dios porque no estabas orando para Dios sino para los hombres.” De hecho, otra manera en que los hipócritas buscaban impresionar a otros eran haciendo oraciones largas, lo cual nos lleva a lo segundo que Jesús enseña que evitemos: “no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles,” es decir, los pueblos paganos que no conocen a Dios. La frase traducida “hablar sólo por hablar” significa “usar las mismas palabras repetidamente sin pensar.” En este caso, el error no sólo está en querer impresionar a otros haciendo oraciones largas, sino pensar que la cantidad de palabras determinará la respuesta de Dios. El error es pensar que Dios es como un genio que me concederá mi deseo si uso las palabras correctas o la frase mágica. El error es pensar que Dios está contando cuántas palabras decimos en nuestras oraciones (sin consideración de la actitud con que las decimos) hasta que lleguemos al número mínimo para que Él nos pueda responda. Todo esto está mal. Todo esto son cosas que debemos evitar al orar. Jesús nos enseña que debemos evitar (1) orar en público con la intención de impresionar a otros y (2) orar usando las mismas palabras sin pensar.

Segundo, Jesús también nos dice lo que SÍ se debe hacer al orar (v.6). La solución que Jesús ofrece para la tentación de orar en público para impresionar a otros es muy simple y práctica: orar en privado. De hecho, Jesús nos dice que entremos a nuestro cuarto y cerremos la puerta para asegurarnos que el único que nos vea y escuche sea Dios. Pero esto no quiere decir que la única manera en que debamos orar es encerrados en nuestro cuarto. Ya hemos visto que no hay problema con el acto en sí de orar en público. El meollo del asunto es la motivación. ¿Por qué estoy orando donde lo estoy haciendo y como lo estoy haciendo? El encerrarse en su cuarto es una de muchas maneras de asegurarse que no estemos orando para impresionar a otros sino para humillarnos delante de Dios. Una idea de examinar nuestras motivaciones podría ser preguntándonos, “¿Oro con la misma devoción e intensidad en privado que en público?” Si la devoción con la que oramos en público es drásticamente superior a la de nuestras oraciones en privado, quizá haya algo diferente a la gloria de Dios que esté motivando nuestras oraciones públicas. Obviamente, la solución a eso no sería dejar de orar con devoción en público sino empezar a hacerlo en privado, en la intimidad de tu propio cuarto, a puertas cerradas, donde el único que te escuchará es Dios. El propósito principal de nuestras oraciones debe ser exaltar a Dios humillándonos a nosotros mismo delante de Él, confesando, por un lado, nuestra necesidad y, por otro, su poder y disposición bondadosa de auxiliarnos en Cristo Jesús. Si oramos de esa manera, no sólo traeremos gloria a Dios, sino que también podremos esperar recibir una recompensa de su parte. De esa forma, podremos esperar recibir la respuesta a nuestras peticiones—si persistimos con fe—porque Jesús promete una recompensa divina a las oraciones en privado. Esa es la solución a la tentación de orar para impresionar a otros. Pero Jesús también nos da la solución para la segunda tentación en el último versículo.

Tercero y último, Jesús también enseña la razón correcta para una petición sincera (v.8b). El segundo error que Jesús expuso con respecto a la oración era orar repitiendo las mismas palabras sin pensar. El fondo del error es el pensamiento que Dios me contestará dependiendo del número de palabras correctas que salgan de mi boca. Pero esta ecuación está destinada a fracasar por ignorar un factor determinante: el corazón del que ora. La razón por la que es sumamente tonto orar repitiendo las mismas palabras sin pensar es que “su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan.” Dios no sólo sabe las circunstancias por las que estamos pasando y las necesidades que estamos experimentando sino incluso los pensamientos y los sentimientos que estamos albergando a raíz de ello. Si, por ejemplo, un amigo me ha traicionado y estafado y lo único que pienso y siento en mi corazón es, “espero que algo peor le suceda a él y a su familia y que se mueran todos pronto,” pero lo único que sale de mi boca en oración es la repetición de la frase, “alimenta a los niños pobres del África, Señor,” ¡¿en verdad creemos que podremos engañar a Dios?! ¿En verdad creemos que Él no se da cuenta de lo que pensamos y sentimos? ¿Seremos como el niñito que pensaba que podría engañar a su mamá poniendo una sábana sobre sus juguetes? “¡Tu Padre sabe lo que necesitas antes de que se lo pidas!” En lugar de repetir la misma frase sin pensar, ábrele tu corazón a Dios y con tus propias palabras confiésale cómo te estás sintiendo y pídele que te ayude en el problema que estás pasando. No seas tonto. Al fin y al cabo, Él ya sabe lo que está en tu corazón. ¿Por qué no simplemente confesarlo? ¿Y por qué usar palabras que ni siquiera sabes lo que significan? Dirígete a Dios con la sinceridad que puedes tener con tu mejor amigo—pero también con la reverencia que se merece el Dios y Juez de todo el universo. Jesús dice que los que orar repitiendo las mismas frases sin pensar son los gentiles, es decir, los paganos, los que no conocen a Dios. Si en verdad conoces a Dios como tu Padre celestial amoroso y poderoso por medio de la reconciliación que su Hijo Jesús obró en la cruz, entonces no actúes como aquellos que no lo conocen. Sé sincero en tus oraciones y busca la ayuda de Dios en oración constantemente, no sólo en público para impresionar a la gente, sino en privado para que Dios te responda y te premie.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por hacernos recordar que Tú sabes perfectamente lo que pensamos y sentimos al orar. Quizá podamos engañar e impresionar a los hombre, pero a ti nunca te podemos engañar. Haznos entender esto para que oremos constantemente de manera sincera, confesando nuestras faltas y pidiendo tu ayuda. Ayúdanos a entender también que si oramos para impresionar a otros no responderás nuestras oraciones. Ayúdanos a buscar tu rostro en oración en la intimidad para que te conozcamos de verdad. Gracias por recibir nuestras oraciones por medio de la muerte de Jesús que quita el estorbo de nuestros pecados de en medio. Te pedimos todo esto confiando, no en lo que nosotros hagamos por ti, sino en lo que Él hizo por nosotros. Amén.


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