¿Cómo combatir la hipocresía en la iglesia?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: MATEO 6.1-4

1 “Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa. 2 Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa. 3 Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, 4 para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará.”(NVI)

MEDITACIÓN

“¡Yo no voy a la iglesia porque está llena de hipócritas!” Sin lugar a dudas, esa es una de las razones más comunes que la gente da para no ir a la iglesia. Y si somos honestos, muchas veces la gente tiene buenas razones para hablar así. Por más que nos duela confesarlo, sí existe mucha hipocresía entre las personas que van a la iglesia. Claro que realmente eso no es excusa para que la gente no vaya a la iglesia. Dios ordena que nos reunamos como pueblo suyo para adorarlo a Él como Dios y Padre y servirnos los unos a los otros como hermanos en el nombre de Jesús. Ya Dios juzgará a los hipócritas a su tiempo, pero si no vamos a la iglesia, Dios nos juzgará a nosotros por desobedientes—haya o no haya estado la iglesia llena de hipócritas. Cada uno es responsable por sus propias acciones. De todas formas, la hipocresía es un problema real para la iglesia. Ser hipócrita significa aparentar ser algo que no se es. De hecho, la palabra “hipocresía” proviene del griego para “actor teatral.” En el caso de la iglesia, un hipócrita es alguien que pretende ser santo en público, que pretende estar consagrado a Dios delante de la personas, pero que en privado se comporta como cualquier otro pecador— ¡o hasta peor! La hipocresía no es un problema nuevo en el pueblo de Dios. En los tiempos de Jesús también había mucha hipocresía entre los religiosos judíos. Por lo tanto, siguiendo con su famoso “Sermón del Monte,” Jesús empieza una nueva sección en la que se enfoca en revelar y corregir diferentes formas de hipocresía. Básicamente, el punto que Jesús quiere hacer es que siempre debemos practicar nuestra justicia con una sola persona en mente, es decir, Dios, el Padre celestial. Ya que Dios nos ve en todo momento, entonces practicaremos nuestra justicia en todo momento y evitaremos así la trampa de la hipocresía. De otra forma, Dios no nos recompensará por nuestro servicio. En el texto bíblico de hoy, Jesús se enfoca en la práctica de dar limosnas: no debemos dar limosnas para llamar la atención sino para agradar a Dios con discreción. La lección se comunica en tres pasos.

Lo primero que encontramos después de la instrucción general del verso 1 es lo que NO se debe hacer al dar limosnas (v.2). No debemos dar limosnas con el propósito de impresionar a otros con nuestra generosidad. No debemos dar a los pobres “con bombos y platillos” para llamar la atención. No debemos hacer un show ni reventarnos cohetes al dar dinero u otro tipo de ayuda a los necesitados. Algunas personas se ponen de pie en medio del servicio, en frente de toda la congregación, y exclaman, “¡Pastor, yo voy a dar tanto dinero para tal causa!” ¿Para qué hacemos eso? ¿Cuál es nuestra motivación? Jesús dice que si lo estás haciendo para llamar la atención de la gente e impresionar a otros, ese reconocimiento público es todo lo que vas a sacar de tu limosna. Dios no te va a recompensar porque Dios ve tu corazón y Él puede ver que no lo estabas haciendo para ayudar a los necesitados ni para agradarlo a Él sino para impresionar a la gente con tu generosidad. Estás siendo un hipócrita. Estás aparentando interesarte por los pobres y por Dios cuando en verdad sólo te motiva tu propio prestigio. Debemos evitar esta actitud. No debemos dar limosna para llamar la atención.

Segundo, Jesús también nos dice lo que SÍ se debe hacer al dar limosnas (v.3). Jesús dice que al dar, nuestra mano izquierda no debe enterarse de lo que hizo la derecha. ¿Qué quiere decir eso? Que debemos dar con discreción. Debemos dar en privado. Sólo nosotros debemos saber cuánto o qué estamos dando. ¿Quiere decir esto que está mal dar ofrendas durante el servicio de la iglesia cuando otros pueden ver que estoy dando? No necesariamente. Hay buenas maneras y malas maneras de hacerlo. Cuando el pastor anima a las personas a que salgan al frente y anuncien cuánto van a dar—como algunas veces yo mismo he visto que se hace—entonces se da ocasión para la hipocresía que Jesús criticaba. Pero si el alfolí o la canasta se pasan de persona a persona para que cada uno aporte lo que desea con discreción, entonces no hay mayor problema. Jesús nos enseña que en lugar de dar limosnas u ofrendas para llamar la atención, debemos darlas con discreción.

Tercero y último, Jesús también enseña cuál debe ser la motivación de la donación (v.4). El Señor enseña que debemos dar “en secreto,” es decir, con discreción, para que así Dios nos recompense. Algunas personas dicen que para que alguna acción sea verdaderamente buena, se debe hacer sin ningún ánimo de beneficio propio. Claramente, Jesús pensaba diferente. Sólo en estos cuatro versículos, el Señor usa la palabra “recompensa” o el verbo “recompensar” un total de tres veces—casi una vez por cada versículo. Pero sorprendentemente, la conclusión a la que Jesús llega no es, “no busquen ningún tipo de recompensa,” sino, “busquen la recompensa correcta.” En otras palabras, no debemos buscar el reconocimiento de los hombres. Esa es la recompensa incorrecta. Debemos buscar el reconocimiento de Dios. Esa es la recompensa correcta. De hecho, Jesús ni siquiera dice, “busquen principalmente el bien de los necesitados al dar limosnas.” No. Él dice busquen, “principalmente la bendición de Dios.” El dar a los pobres con el fin de ayudarlos no es suficiente para constituir esa limosna como una buena obra. Para que una acción sea realmente buena, debe ser hecha con el fin de servir a Dios. Sólo cuando hacemos algo con el fin de servir a Dios—sea que estemos dando limosnas o lo que sea—podemos esperar recibir una recompensa de parte de Él. De hecho, el Señor no asegura que habrá una recompensa. Jesús nos reconcilia a su Padre celestial por medio de su muerte en la cruz y nos pone a su servicio como hijos amados. Como si eso no fuera suficiente, nos promete recompensas por tal servicio. No nos dice exactamente cuál es la recompensa, pero debemos esperar alguna recompensa de Dios que valga la pena. Más adelante en el mismo sermón, Jesús hablará de “tesoro en el cielo.” Sea lo que sea la recompensa, lo más sorprendente es que Dios no necesita recompensarnos por ningún servicio porque todo lo que somos y todo lo que tenemos lo recibimos de su mano generosa. Si nosotros no recibiéramos ninguna recompensa por una eternidad de servicio celestial, Dios no sería injusto con nosotros porque Él no nos debe nada. Por el contrario, nosotros le debemos todo a Dios. Tanto las fuerzas para servirlo como la recompensa por tal servicio son un regalo de su gracia por medio de Cristo Jesús. Pero así de generoso es nuestro Dios. Por lo tanto, si hemos probado esa generosidad sorprendente, nosotros también debemos ser generosos con los necesitados. Pero al dar limosnas, no debemos hacerlo para llamar la atención sino para agradar a Dios con discreción. Si hacemos esto, pondremos combatir la hipocresía en la iglesia y podremos esperar una recompensa de la gracia de Dios.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por hacernos recordar cuánto odias la hipocresía y cómo podemos evitarla al dar limosnas. Gracias por habernos hecho probar de tu sorprendente generosidad en Cristo Jesús para inspirar una generosidad similar en nosotros hacia los más necesitados. Ayúdanos a poner nuestra mirada en la recompensa más grande que podríamos recibir: un mayor conocimiento tuyo mediante una mayor conformidad a tu Hijo. Purifica a tu iglesia y líbranos de la hipocresía. Haz tu obra transformadora en nuestros corazones mediante las enseñanzas de Jesús. Te pido esto confiando en el amor tan generoso que Él nos extendió en tu nombre. Amén.


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