¿Estamos pecando al jurar cuando nos lo exige el estado?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore
TEXTO BÍBLICO: MATEO 5.33-37

33 “También han oído que se dijo a sus antepasados: ‘No faltes a tu juramento, sino cumple con tus promesas al Señor.’ 34 Pero yo les digo: No juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro. 37 Cuando ustedes digan ‘sí,’ que sea realmente sí; y cuando digan ‘no,’ que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno.”(NVI)

MEDITACIÓN

Todos hemos escuchado este tipo de expresiones: “te juro por Diosito que lo hago para mañana”; “te juro por mi madrecita que te pago la próxima semana”; “te juro por mis hijos que no volverá a pasar.” Quizá tú mismo te has expresado de esta manera. ¿Por qué decimos este tipo de cosas? Normalmente, cuando hacemos un trato con alguien empezamos poniéndonos de acuerdo sin hacer referencia a Dios o a ninguna otra persona. Pero cuando el tiempo empieza a pasar y no cumplimos con nuestra parte del acuerdo y la otra persona comienza a impacientarse y a demandarnos que cumplamos nuestro compromiso, ahí es cuando empezamos a traer a Dios a la conversación. Queremos apaciguar a la persona con quien hicimos el acuerdo haciendo referencia a lo más sagrado de nuestra vidas—Dios, nuestras madres, nuestros hijos—para asegurarle a la persona que de una u otra forma vamos a cumplir con nuestra promesa. Lo más precioso y sagrado de la vida sirve como un tipo de garantía que cumpliremos nuestra responsabilidad. Es decir que si hubiéramos cumplido con el acuerdo dentro del plazo establecido, no habría necesidad de arrastrar el nombre de Dios a la conversación o de hacer referencias a nuestros seres queridos. Este tipo de juramentos es innecesario para alguien que es cumplido y responsable. Eso es parte de lo que Jesús enseña en el pasaje bíblico de hoy. Siguiendo con su famoso “Sermón del Monte,” Jesús continúa su explicación de algunos de los mandamientos de Dios con el fin de corregir la fijación en la letra de la ley que resulta en el descuido del corazón de la ley. Como ya hemos visto, la manera en que Jesús hace esto es, primero, haciendo referencia a la interpretación tradicional o errónea del mandamiento y, segundo, ofreciendo su propia explicación autoritativa. La lección de hoy es que Dios condena todo tipo de juramento  irreverente e irresponsable. Una vez más, la lección se comunica en tres pasos.

Primer paso, la interpretación tradicional del mandamiento (v. 33). Dios había ordenado a su pueblo Israel por medio del profeta Moisés que no juren falsamente en su nombre (Lev 19.12) ni tarden en cumplir sus promesas a Él (Deu 23.21). Aparentemente, algunos judíos habían concluido que si no juraban en el nombre del Señor, entonces no estaban comprometidos a cumplir sus promesas. De hecho, más adelante en el evangelio de Mateo veremos que algunos maestros de la ley enseñaban que el deber de cumplimiento de un juramento estaba determinado por aquello por lo que uno juraba (Mat 23.16-22). Es decir que si uno juraba por ciertas cosas no estaba tan obligado a cumplir sus juramentos como si jurara por otras. De manera similar, algunos pensaban que si incumplían sus promesas a Dios estaban pecando, pero si incumplían juramentos al prójimo, no ofendían a Dios. Está claro que en este ambiente de engaño y desconfianza, la gente se veía forzada a pedir garantías para que la gente cumpliera su palabra. Esto ocasionaba la costumbre de hacer referencia al “cielo,” a la “tierra” o a “Jerusalén” en juramentos para garantizar el cumplimiento de ellos. Es precisamente esta tendencia que Jesús critica fuertemente.

Segundo paso, la instrucción autoritativa de Jesús (v. 34-36). El Señor ordena que no se jure por nada—ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por ningún otra cosa. La razón de la prohibición es que no tenemos autoridad sobre ninguna de esas cosas y, por lo tanto, no podemos ofrecerlas de garantía para nada. Como vimos al inicio de la meditación de hoy, cuando uno jura por algo, está ofreciendo ese algo como garantía de que cumplirá su juramento. Por ejemplo, el decir, “te juro por mi madrecita que te pagaré,” significa algo así como, “que mi madrecita se muera si no te pago.” El decir, “te juro por mis hijos que termino el trabajo mañana,” significa algo así como, “que mis hijos se mueran si no termino el trabajo para mañana.” La referencia a la “madrecita” o a los hijos le garantiza a la persona que se le debe que el deudor tiene toda la intención de cumplir. En el tiempo de Jesús, algunos juraban por el cielo, por la tierra o por Jerusalén. ¿Qué pensaba Jesús al respecto? Eso no debía hacerse porque ninguna de esas cosas les pertenecía a los hombres para que las ofrecieran de garantía. De hecho, Jesús dice que ni siquiera tenemos poder ni autoridad sobre nuestras propias cabezas. Todo lo pertenece a Dios. Uno no puede ofrecer lo que le pertenece a otro como garantía de juramentos personales. No le puedo decir al que le debo, “te juro por tu madre que te pagaré.” En lugar de apaciguar a esa persona, la enfurecería aun más. Esa es la razón por la que no debemos jurar por nada.

Pero esto nos lleva a una pregunta. ¿Qué pasa cuando una entidad gubernamental nos pide que hagamos un juramento? ¿Estamos pecando en ese caso? La Biblia deja en claro que el acto de jurar en sí no es pecado. En las Escrituras, Dios jura (Gén 22.16; Heb 6.13), los ángeles juran (Apo 10.5-7) y hasta los mismos apóstoles de Jesús juran (Hec 18.18; 2Cor 1.23). De hecho, el Antiguo Testamento ordena hacer juramentos sólo en el nombre del Señor y no en el nombre de ídolos paganos (Deu 6.13; Jos 23.7). Por lo tanto, está claro que el jurar en sí no es el problema. Si el estado nos exige hacer un juramento, no pecamos al jurar con la verdad porque lo que Jesús condena no es el jurar sí. Lo que Jesús condena es el incumplimiento y la irresponsabilidad que conducen a juramentos irreverentes que ofrecen como garantía cosas que le pertenecen sólo a Dios. El problema es la actitud de falsedad, el incumplimiento, la irresponsabilidad y la irreverencia que toma a la ligera el nombre de Dios. Esos son los verdaderos problemas.

Tercer paso, la aplicación de Jesús (v. 37). Ya sabemos qué es lo que NO debemos hacer. ¿Pero qué es lo que SÍ debemos hacer entonces? Jesús concluye diciendo, “cuando ustedes digan ‘sí,’ que sea realmente ‘sí,’ y cuando ustedes digan ‘no,’ que sea realmente ‘no.’ Cualquier cosa de más, proviene del maligno.” Como dijimos al inicio, si uno cumple con sus acuerdos dentro del plazo establecido, no hay ninguna necesidad de jurar por nada ni por nadie. Este tipo de juramentos es innecesario para alguien que es cumplido y responsable. Cuando alguien es cumplido y responsable, la única garantía necesaria es su propia palabra. Por lo tanto, debemos ser de tal carácter que nunca nadie sienta la necesidad de pedirnos que juremos por nada porque ellos sabrán que nosotros siempre cumplimos lo que decimos. Así viviremos de la manera que le agrada nuestro Dios, quien ha demostrado ser fiel a todas sus promesas al enviarnos al esperado Salvador, Jesucristo, su Hijo y nuestro Señor.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por enseñarnos sobre la honestidad y la responsabilidad que deben caracterizar todas nuestras relaciones y tratos con otros. Perdónanos por todas las veces en que hemos incumplido nuestras promesas. Perdónanos por todas las veces en que hemos tomado tu nombre en vano al jurar y no cumplir. Ayúdanos a aprender de tu propia fidelidad y cumplimiento de promesas en Cristo. Ayúdanos a reflejar tu propio carácter cumpliendo nuestra palabra en todo momento. Te pido esto por medio de tu Hijo Jesús, el cumplimiento de todas tus promesas. Amén.


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