¿Por qué terminarás en el infierno si no luchas contra la lujuria?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore
TEXTO BÍBLICO: MATEO 5.27-30

27 “Ustedes han oído que se dijo: ‘No cometas adulterio.’ 28 Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer [para codiciarla] ya ha cometido adulterio con ella en el corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo. [Pues] más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te hace pecar, córtatela y arrójala. [Pues] más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él vaya al infierno.”(NVI)

MEDITACIÓN

Este pasaje tiene un interés especial para mí porque fue una de las cosas principales que Dios uso para llevarme a la conversión. Yo siempre me había considerado una “buena persona.” Nunca le había hecho ningún mal serio a nadie (al menos, intencionalmente), no tenía vicios, era un buen estudiante, era una “buena persona.” Es verdad que tenía ciertos hábitos que me hacían sentir culpable de vez en cuando—de hecho, continuamente—pero buscaba callar mi consciencia pensando que todo el mundo hacía esas cosas. “Todos los adolescentes miran pornografía,” pensaba. “Es normal.” Por eso, me quedé atónito cuando leí el pasaje bíblico de hoy por primera vez. “¡¿El infierno?!” “¡¿Sólo por codiciar a alguien?!” No lo podía creer. Y es que en ese tiempo no sabía lo que sé ahora. Dios no sólo está interesado en las acciones externas que hacemos. Dios también está interesado en la condición de nuestro corazón. De hecho, Dios enfatiza la condición del corazón porque de éste fluyen nuestros actos. Ese es el punto que Jesús está desarrollando en esta parte del Sermón del Monte. En el texto bíblico de hoy, Jesús continúa su explicación de algunos de los mandamientos con el fin de corregir la fijación en la letra de la ley y el olvido del espíritu de la Ley que ha caracterizado a muchos desde los días de su ministerio terrenal hasta hoy en día. Como ya hemos visto, la manera en que Jesús hace esto es, primero, haciendo referencia a la interpretación tradicional o errónea del mandamiento y, segundo, ofreciendo su propia explicación autoritativa. Jesús corrige la noción errónea que el pecado sólo consiste en una acción externa. Él nos enseña que el pecado también consiste en una actitud del corazón. Y la lección de hoy es que la lujuria viola el corazón del mandamiento de no cometer adulterio. Una vez más, la lección se comunica en tres pasos.

Primer paso, la interpretación tradicional del mandamiento (v. 27). Dios había ordenado a su pueblo, “No cometerás adulterio.” El adulterio consiste en infidelidad al esposo o a la esposa. Si estás casado y tienes relaciones sexuales con una persona diferente a tu cónyuge, has cometido adulterio. Esto no quiere decir que si no estás casado tienes la bendición divina para acostarte con quien quieras. No. El sexo antes del matrimonio se llama fornicación y también es un pecado, como el adulterio. Pero técnicamente, el adulterio es una falta que sólo los casados pueden cometer. De todas formas, si estás soltero y te acuestas con una persona casada, has participado en el pecado del adulterio. Dios prohíbe y condena el adulterio. De eso no hay duda. Lo que Jesús busca corregir es la noción que el mandamiento sólo prohíbe el acto de practicar sexo con una persona diferente al cónyuge. Es por eso que no dice, “Han leído,” sino, “Han oído.” Jesús no busca corregir el mandamiento inviolable de Dios sino la interpretación minimalista del mandamiento.

Segundo paso, la explicación autoritativa de Jesús (v. 28). Una vez más vemos que a diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no deriva su enseñanza de otros sino que habla por su propia autoridad intrínseca como Hijo de Dios que conoce perfectamente el corazón del Padre celestial que dio el mandamiento. Él no dice, “los rabinos decían,” sino, “Yo les digo.” ¿Y qué dijo Jesús? Que “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en el corazón.” Una vez más vemos que el pecado empieza en el corazón. No es necesario cometer el acto externo para ser culpable de adulterio delante de Dios. La intención del corazón es suficiente para condenarnos. Jesús no está hablando de la atracción natural que un hombre pueda sentir por una mujer hermosa. Él está hablando de esa segunda mirada morbosa. Él condena el alimentar fantasías de lo prohibido. Él no dice el que “mira accidentalmente,” sino el que “mira para,” es decir, con el propósito de, “codiciar.” Y sí hay una diferencia entre una mirada accidental y una mirada intencional. Uno no puede evitar la mirada accidental, pero sí la intencional. Como dijo el famoso predicador Charles Spurgeon, “un hombre no puede evitar que un pájaro vuele por encima de su cabeza, pero sí puede evitar éste haga su nido allí.” El adulterio empieza con la intención del corazón y tener la intención de cometer adulterio nos hace culpables delante de Dios. El Señor desea una pureza integral de parte de nosotros. Nosotros no somos seres meramente físicos. Somos seres con un espíritu y un alma. Por lo tanto, debemos mantenernos libres de toda contaminación moral en cuerpo y en espíritu para ofrecer a Dios la santidad que le debemos. Sólo así podremos reflejar su imagen y cumplir su propósito para nuestros matrimonios y nuestras vidas.

Tercero y último, la aplicación de Jesús (vv. 29-30): si uno de tus miembros más valiosos te hacen pecar, deséchalo para que tú no seas desechado en el infierno. El “ojo derecho” y la “mano derecha” se refieren a los miembros más valiosos que podemos tener. Por supuesto, Jesús no está sugiriendo que nos desmembremos literalmente. Los ciegos y los mancos no cesan de experimentar lujuria por ser ciegos o mancos. Jesús está usando una hipérbole, es decir, una exageración, para presentar su enseñanza con más fuerza. Lo que Jesús está diciendo es que si hay algo en nuestra vida—cualquier cosa—que esté ocasionando que codiciemos relaciones ilícitas, debemos deshacernos de ello cuanto antes. ¿Qué está ocasionando tu lujuria? ¿Una amistad más íntima de lo debido? ¿Mucho tiempo solo? ¿Una página de internet? ¿Un programa de cable? Sea lo que sea que esté causando que mires a una persona que no sea tu cónyuge con la intención de satisfacer tus deseos sexuales debe ser desechado completamente cuanto antes. Jesús nos advierte que, si no lo hacemos, nosotros seremos los desechados en el infierno. El que juega con la lujuria y el sexo ilícito está jugando con fuego. Y ese fuego te puede reducir a cenizas. La lucha contra la lujuria es una lucha por nuestra propia vida. El sexo es un placer tan intenso que, de permitirlo, puede controlar nuestras vidas y alejarnos de Dios, quien es el único que tiene el derecho a controlarnos. El sexo en sí no es malo. Dios lo creo. Es bueno. Pero debe ser disfrutado dentro del diseño de Dios, es decir, dentro del marco del pacto matrimonial entre un hombre y una mujer. El sexo matrimonial es bendecido por Dios y puede ser practicado libremente. El sexo es genial pero tampoco es el placer más grande que existe. El placer más grande que existe es disfrutar de comunión ininterrumpida con el Creador del sexo y de todo otro placer, es decir, Dios, el Padre del Señor Jesucristo. El conocer este placer fue lo que llevó a Jesús a resistir todo tipo de tentación y sufrir todo tipo de sacrificio con tal de disfrutar este placer celestial y traerlo a la tierra para compartirlo con nosotros. Confía en Jesús y sigue su ejemplo para que tú también puedas resistir toda lujuria, fornicación y adulterio con tal de disfrutar del placer supremo de vivir en comunión eterna con el Creador del sexo y de todo otro placer, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por enseñarnos que el adulterio empieza en el corazón. Gracias por enseñarnos que estamos violando tu mandamiento al tolerar la lujuria en nuestros corazones. Perdónanos por alimentar ideas pecaminosas en nuestras mentes. Ayúdame a entender que el placer supremo se encuentra en conocerte a ti, O Fuente de todo bien y placer. Ayúdame a desear tu voluntad por sobre cualquier forma de sexo ilícito o lo que sea. Forma en mí una pureza integral, de cuerpo y espíritu. Te pido esto con plena confianza que me responderás porque sé que es tu voluntad en Cristo para mi vida. Gracias, Padre. Amén.


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