¿Qué puedes hacer tú para transformar el mundo para bien?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore
TEXTO BÍBLICO: MATEO 5.13-16

13 Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. 14 Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. 15 Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.(NVI)

MEDITACIÓN

Hace unos años vi un video en el internet que hasta ahora no se me ha olvidado. El título del video era, “¿En qué momento se [malogró] el Perú?” (El verbo del título era otro pero lo he reemplazado por un sinónimo para no ofender a nadie.) El video expone la tendencia que tenemos en el Perú de echar a otros la culpa por los problemas del país y anima a los peruanos a creer que pueden empezar a hacer del Perú un mejor lugar cambiando sus propios hábitos. El video es una buena reflexión y lo puedes encontrar en YouTube. El pasaje bíblico de hoy continua con el Sermón del Monte del Señor Jesús y hace un punto similar: el cambio a mejor que todos queremos para el mundo debe empezar con nosotros mismos. Nuestras vidas deben reflejar el cambio que exigimos del resto del mundo. El Señor Jesús desarrolla este punto mediante dos comparaciones. Primero, Él compara a sus discípulos con la sal de la tierra (v.13). La sal se presenta como un agente de cambio para bien. La sal da sabor a la comida. La diferencia que la sal hace en un plato de comida es tan grande que determina si deseemos comerlo o no. Un bistec con papas fritas con nada de sal no es tan apetecible como si tuviera sal. De manera similar, los seguidores de Jesús estamos llamados a “darle sabor” al mundo, a hacer de la sociedad un lugar más “apetecible.” El sabor que traemos al mundo son las buenas obras que aprendemos de Jesús. Esas buenas obras de amor y servicio al prójimo influenciarán a otros y poco a poco propagarán nuestra fe y transformarán así a la sociedad. Ese es nuestro propósito. Esa es la razón por la que existimos. Pero al igual que la sal que no sirve para nada si pierde su sabor, nosotros no servimos para nada si no estamos esparciendo el amor transformador de Cristo por el mundo. Nosotros también seremos desechados y pisoteados. Segundo, Jesús también compara a sus discípulos con la luz del mundo (vv.14-15). La luz también es un agente de cambio para bien. Una lámpara trae visión donde antes no había. La luz dispersa las tinieblas y revela las cosas ocultas. La luz nos permite caminar sin tropezarnos ni caernos ni lastimarnos. Por ende, la luz pierde todo su propósito si se esconde. Una luz escondida no sirve para nada. De manera similar, un cristiano que no muestra una vida de buenas obras no sirve para nada. Las buenas obras de los seguidores de Jesús deben alumbrar el camino para el cambio en la sociedad. Nuestros actos de fe, de amor, de compasión, de paciencia y de fidelidad hacen ver a las personas el beneficio de una vida bien vivida y les hacen entender que les conviene vivir vidas similares. Pero no nos confundamos. La transformación social no es un fin en sí mismo. El bien de la humanidad—por más bueno que sea—no es el fin de las buenas obras (v. 16). El fin u objetivo de las buenas obras es que los que las vean “alaben” y glorifiquen al Padre celestial. El cristiano no hace buenas obras para que la gente vea lo bueno que él es ni para que lo alaben a él. De hecho, al final del día, el cristiano tampoco hace buenas obras para que el mundo sea un mejor lugar en un sentido secular. No. El cristiano hace buenas obras fruto del amor por el Dios que le ha enseñado y fortalecido para hacer tales obras. El cristiano hace buenas obras para que la fama del Dios que lo ha salvado y transformado se esparza y así más y más personas adoren a ese Dios. Nosotros somos la luz del mundo porque seguimos a la verdadera luz del mundo, Jesús. Nosotros reflejamos su bondad. Somos como la luna, la cual no brilla por sí misma, sino por reflejo de la luz del sol. Jesús es como el sol. Por lo tanto, lo justo es que la gente lo alabe a Jesús por las buenas obras que Él nos ha enseñado e incluso nos ha fortalecido para hacerlas mediante su Espíritu Santo. ¿Te gustaría que tus familiares conozcan al Señor? ¿Te gustaría que tus compañeros de trabajo fueran mejores personas y obedecieran a Dios? ¿Te gustaría que el reino de Dios se establezca en tu país y que por fin tu país cambie para bien? Tú eres parte de la solución. Tu vida de fe y de amor muestra el camino del cambio. Tus buenas obras empezarán el cambio que anhelas. Ese es el punto de este pasaje: los discípulos de Cristo debemos liderar la transformación espiritual del mundo por medio del ejemplo para la alabanza del Dios que nos transformó a su imagen virtuosa. La iglesia es la sal. La iglesia es la luz. Y si la iglesia no está cumpliendo su propósito, ¿cómo podrá el mundo conocer al Salvador?

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por recordarnos del rol tal importante que tenemos en la transformación de tu mundo. Es una responsabilidad muy grande y una tarea muy ardua. No podremos cumplir nuestro llamado de sal y luz del mundo si Tú no nos fortaleces con tu Espíritu. Perdónanos por todas las veces que hemos mostrado tinieblas en lugar de luz en nuestras vidas. Ayúdanos a ver más claramente tu luz maravillosa en el evangelio de Jesús para que seamos transformados a su imagen. Transforma nuestro mundo para tu gloria y empieza con nuestras vidas. Te pido esto con la certeza que me responderás porque te lo pido por medio de tu Hijo Jesús, la luz del mundo. Amén.


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