¿Por qué debemos ver el trabajo como una bendición?

Jesus Preaching the Sermon on the MountGustave Dore

TEXTO BÍBLICO: GÉNESIS 2.4-25

Ésta es la historia de la creación de los cielos y la tierra. Cuando Dios el SEÑOR hizo la tierra y los cielos, aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra, ni había brotado la hierba, porque Dios el SEÑOR todavía no había hecho llover sobre la tierra ni existía el hombre para que la cultivara. No obstante, salía de la tierra un manantial que regaba toda la superficie del suelo. Y Dios el SEÑOR formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Dios el SEÑOR plantó un jardín al oriente del Edén, y allí puso al hombre que había formado. Dios el SEÑOR hizo que creciera toda clase de árboles hermosos, los cuales daban frutos buenos y apetecibles. En medio del jardín hizo crecer el árbol de la vida y también el árbol del conocimiento del bien y del mal. Del Edén nacía un río que regaba el jardín, y que desde allí se dividía en cuatro ríos menores. El primero se llamaba Pisón, y recorría toda la región de Javilá, donde había oro. El oro de esa región era fino, y también había allí resina muy buena y piedra de ónice. El segundo se llamaba Guijón, que recorría toda la región de Cus. El tercero se llamaba Tigris, que corría al este de Asiria. El cuarto era el Éufrates. Dios el SEÑOR tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara, y le dio este mandato: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás.» Luego Dios el SEÑOR dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» Entonces Dios el SEÑOR formó de la tierra toda ave del cielo y todo animal del campo, y se los llevó al hombre para ver qué nombre les pondría. El hombre les puso nombre a todos los seres vivos, y con ese nombre se les conoce. Así el hombre fue poniéndoles nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo. Sin embargo, no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre. Entonces Dios el SEÑOR hizo que el hombre cayera en un sueño profundo y, mientras éste dormía, le sacó una costilla y le cerró la herida. De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el SEÑOR hizo una mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: «Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará “mujer” porque del hombre fue sacada.» Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser. En ese tiempo el hombre y la mujer estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza. (NVI)

MEDITACIÓN

Mayormente, nuestro día favorito de la semana de trabajo es el viernes. No porque nos guste el trabajo del viernes en sí sino porque el viernes es normalmente el último día de trabajo de la semana. De hecho, hay un restaurante famoso que usó esta idea como inspiración para su nombre: T.G.I. Fridays (Thank God it’s Friday: ¡Gracias a Dios es viernes!). Preferimos relajarnos el fin de semana que trabajar durante ella. Algunas personas han llegado a concluir que el pecado es una maldición. Pero el texto bíblico de hoy nos deja en claro que la verdad es otra: Dios creó al hombre para labrar y cuidar de una tierra deliciosa en su nombre con la ayuda de una mujer idónea. La narración bíblica empieza diciéndonos que una de las razones que no había arbusto sobre la tierra era que “no había hombre para que la cultivara.” Como consecuencia de ellos, el Señor crea al hombre y lo pone en el jardín del Edén “para que lo cultivara y lo cuidara.” El diablo no creó el trabajo. Dios lo hizo. El trabajo es bueno porque Dios, que es la definición de la bondad, es un Dios que trabaja. Dios nos ha dado el trabajo como un regalo para que participemos con Él en la producción que bienes que podamos disfrutar con gratitud y gozo. El descanso es necesario pero el ocio desmedido es una cuna de todo tipo de males. ¡Cuántos hombres y mujeres han cometido actos vergonzosos por no tener algo mejor que hacer con su tiempo! Por ende, trabajemos de buena gana hoy. Y reposemos en nuestro Dios por medio de la oración para hacer un buen trabajo en su nombre. Dios nos ha hecho responsables del cuidado de este mundo y nos ha mandado cuidarlo, pero no nos ha dejado solos para hacerlo. Nos ha dado de su Espíritu para lograrlo. El texto dice que Dios “sopló” en la nariz del hombre para darle de su propio aliento, de su propio Espíritu. Es verdad que el pecado de Adán nos hizo perder la comunión con Dios, pero lo que perdimos en Adán lo hemos recuperado en Cristo. Así como Dios lo hizo originalmente, Jesús también sopló su Espíritu a sus apóstoles para darles el poder para cumplir su trabajo (ver Juan 20.22). En el nombre de Jesús, podemos hacer un buen trabajo para la gloria de nuestro Creador. Es verdad que hoy en día el trabajo nos puede traer mucho sufrimiento, pero esa no fue la manera en que Dios hizo el trabajo al principio. Nuestro sufrimiento es fruto del pecado que cometimos en Adán. Originalmente, Dios hizo el trabajo como una fuente de delicia. El jardín que el hombre debía cuidar se llamaba “Edén,” es decir, “deleite,” “delicia.” El fruto de nuestra labor nos trae placer. ¡Qué rico se siente disfrutar de unos antojitos con un dinero ganado honradamente! ¡Qué satisfactorio se siente poder compartir de lo que Dios nos ha dado con otros más necesitados! ¡Y qué bueno es Dios por darnos la fuerza para trabajar y un fruto tan agradable por nuestro trabajo! ¿Pero qué hay de los pobres que son explotados y trabajan como burros de carga y no reciben ni lo necesario para traerles un pan a la boca de sus hijos? Eso también es consecuencia del pecado que Adán cometería. Dios no creó el mundo así. De todas formas, el Señor castigará a todos los explotadores y recompensará todo servicio hecho en el nombre de Jesús. Por ende, no debemos cansarnos de trabajar para el Señor ya que, tarde o temprano, cosecharemos todo el bien que Él nos ha prometido por nuestro trabajo. Por último, el texto también nos muestra que el hombre solo no era capaz de lograr todo lo que Dios le demandaba, por lo que dio la ayuda de una mujer idónea. El mismo Dios que creó el trabajo como una bendición, también creó el matrimonio como la unión inquebrantable entre un hombre y una mujer y la asociación más básica de la sociedad humana. A pesar que el varón debía liderar la relación por ser quien recibió el mandato divino originalmente, la mujer debía asistirlo en su tarea divina como su igual, como “carne de su carne.” Por lo tanto, el matrimonio debe ser caracterizado por relaciones de amor y respeto mutuo. Lamentablemente, todas estas bendiciones del trabajo sin sufrimiento y el matrimonio sin discordia fueron perdidas por ser condicionales. Dios le dijo a Adán que lo obedeciera absteniéndose de comer del fruto prohibido para que pueda disfrutar de todas estas bendiciones por siempre, pero, como leeremos en el siguiente capítulo, nuestro antepasado no lo hizo así. De todas formas, debemos dar gracias a Dios por las bendiciones del trabajo y el matrimonio que aún prometen beneficios eternos por medio de Jesucristo, el Segundo Adán, nuestro Salvador.

ORACIÓN

(Después de repetir el siguiente modelo, dirígete a Dios con tus propias palabras.)

Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por las bendiciones del trabajo y el matrimonio. Gracias por permitirnos conocerte más a través de estos regalos, O Dios trabajador y Dios de amor. Danos las fuerzas para hacer un buen trabajo en tu nombre. Prospera nuestro trabajo para que recibamos el fruto agradable de nuestra labor, para disfrutar así de tus delicias y compartirlas con otros con gozo y gratitud. Guarda nuestros matrimonios de la plaga del divorcio. Fortalece nuestro amor y respeto por nuestras parejas. Te necesitamos, nuestro Creador y Sostén. Te pedimos esto confiados que lo recibiremos porque te lo pedimos por medio de tu Hijo Jesucristo, quien nos ha librado del pecado de Adán y nos permite disfrutar de tu favor una vez más e incluso de manera más grande que antes. Amén.


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